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La vida en Huehuetenango de 1906 a 1920

José Molina Calderón josemolina@live.com

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El libro de Rubén Rivas Alvarado Memorias y recuerdos de Huehuetenango 1906-1920, cuya edición estuvo a mi cargo, es un relato agradable de la vida en provincia en el período analizado.

Cuenta don Rubén que su padre fue de oficio sastre, que era lo mejor que había en su tiempo, “porque vistió a los Recinos, los Galicia, los Mont, los Aguirre, los Molina, los Galindo, los Villatoro, los Polanco, los Mazariegos, los Morales, los Castañeda, y muchísimos lo buscaban desde lejanos pueblos”. Relata que los mejores casimires ingleses los vendían en su tienda los hermanos don Reynaldo y don Rafael Galindo.

Con mucho detalle relata la forma en que para la época de Semana Santa su madre fabricaba dulces muy sabrosos. Otra de las ocupaciones de su señora madre era hacerle los cigarrillos a su papá, de papel amarillo y más de tuza. Detalla cómo era el tratamiento de las enfermedades caseras, como el catarro y el constipado, que lo aplicaban con hojitas de eucalipto bien caliente, en lienzos en la frente y en la nariz.

A lo largo del libro detalla los lugares en donde el padre del autor trabajó recorriendo prácticamente todo el departamento, en distintas épocas. No todo fueron alegrías, porque un hermanito, al caer de un caballo al piso se quedó trabado un pie en el estribo; falleció. Relata que, con su hermano fallecido, Polito, iban por las tardes a aprender la doctrina, que les enseñaba el padre Eugenio Novil, y detalla las costumbres y fiestas con ocasión de hacer la primera comunión.

Innumerables personajes aparecen en el relato por distintos motivos. Anotaré algunos de ellos: coronel Ernesto Calderón y su esposa Adelita Taracena de Calderón, y sus hijas Cristina y Berta; José Ernesto Calderón Taracena; Marco Aurelio Mérida; una niña a quien llama Conchita, que 60 años más tarde se enteró de que era la madre del general Efraín Ríos Montt, cuyo padre era Hermógenes Ríos, viejo empleado del almacén de doña Tecla viuda de Mérida; Adolfo Calderón y sus hermanas Eleizer y Zoila.

Da a conocer cómo funcionaban las cárceles en la cabecera departamental, porque el padre del autor se vio envuelto en la muerte trágica de un hombre. La madre fue a la capital a buscar la ayuda del abogado Alberto Castañeda, debido a que este les indicó que cuando se les ofreciera algo lo buscaran sin pena. Este ofrecimiento era una especie de compensación por haberle hecho sus trajes durante su permanencia en Huehuetenango. Nunca se supo quién fue el autor de esa muerte y el papá del autor fue liberado.

A Huehuetenango llegaban circos, y da detalle de cómo funcionaban. También se instalaban plazas de toros, que don Rubén decía que los había de buena casta, y los toros los llevaban de la hacienda de Chancol, situada en la sierra de los Cuchumatanes.

Menciona al general don J. Joaquín Mont, padre de don Marco Antonio, don Marco Tulio y otros hermanos con el mismo primer nombre. Indica que desconoce que la ya mencionada “Conchita Mont” fuera descendiente directa de este general.

También interesante cómo funcionaban las escuelas, su construcción, directores, profesores, y un caso específico, en el que el director era don Javier Estrada Osorio, que era un gran declamador, que competía con elegancia y elocuencia con Adalberto Herrera y Romeo del mismo apellido; y otro emparentado con esa familia que se llamó Adalberto, futuro autor del Himno al Ejército.