Economía para todos

Las mascarillas se usaron en 1918 en Guatemala

José Molina Calderón josemolina@live.com

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El terremoto en Guatemala en la Navidad del 25 de diciembre de 1917, y la pandemia de influenza que se inició en agosto-septiembre de 1918 y que duró a marzo de 1919, causaron muchas penurias en Guatemala.

El coronel Guillermo Flores Avendaño (San Andrés Itzapa, Chimaltenango, 1894-1982), en su libro Memorias, Tomo I. Guatemala Editorial de El Ejército. 368 pp., hace un relato de los efectos de la gripe española en 1918, estando él de alta en el Ejército de Guatemala. Seguidamente se comentan extractos del libro.

Entre las medidas que motivaron diversas reacciones, sin excluir las de carácter jocoso, con que el auténtico chapín se complace en burlarse de sus propias penas, estaba el uso obligatorio de la mascarilla, rectángulo de trapo con argollas en los extremos para colgarlo de las orejas, con el que se cubría la nariz y la boca, a fin de no aspirar el aire infectado.

Pronto aparecieron en comercios, farmacias y talleres de costura, ventas de tales protectores, de diversas calidades, formas y precios, y algunos de colores propicios para satisfacer coqueterías femeninas. La sensación personal de cada enmascarado era digna de comentario: los chatos se sentían justificados ante el desagrado de los narigudos que protestaban por sentir aumentada la nariz, o de los que teniendo la boca pronunciada usaban bigotes; las damas de boca y nariz agraciadas, para no dejar de lucir esas defensas, optaban por llevar colgante de una mano el adminículo, atentas a no usarlo si se enfrentaban a la policía, a veces más peligrosa que la gripe.

La mímica fue un lenguaje corriente entre quienes, enmascarados, querían comunicarse sin exponerse a la contaminación de la epidemia. Las mascarillas de los transeúntes por los empolvados caminos eran tales que el microbio que permitiera burlar la protección, quedaría mortalmente atrapado en la masa de sudor y tierra formada en el lienzo a la altura de la boca del máscara teniente, masa de color propensa a la petrificación.

El autor del libro relata que para complacer a sus padres, que sufrían el tormento de la incertidumbre con las alarmantes noticias que de la capital les llegaban, siempre abultadas de las consecuencias de la pandemia, obtuvo licencia para dejar el servicio militar y trasladarse a Chimaltenango al lado de su familia.

De inmediato entró a cooperar con quienes en múltiples formas ayudaban a los enfermos necesitados de socorro, bien por carecer de recursos económicos, bien porque soportaban la amargura de familiares fallecidos o todos enfermos.

En esa triste pero inevitable tarea de no dejar abandonados a su suerte a los necesitados, relata el autor que sufría lo indecible al presenciar cuadros de la mayor angustia, de personas, a veces niños, que se incorporaban de las camas temblando de la fiebre, bañados en lágrimas, para ver salir a sus deudos camino al cementerio, o más doloroso aún, familiares, amigos queridos demandando la presencia de un médico para salvar de la muerte a alguno de sus enfermos, y no poder satisfacerlos por falta de personal y elementos.

En su pueblo, San Andrés Itzapa, la epidemia hacía estragos. Llevó medicinas a quienes trabajaban para sus padres las pequeñas tierras que poseían, y naturalmente relata el autor, siguió en el vía crucis de presenciar cuadros de miseria, dolor e impotencia.

El autor no se escapó de enfermarse. Tuvo que irse a la cama con alta fiebre y agudo dolor de huesos, recetado por el doctor y atendido por su familia.