Catalejo

Lecciones del fuego en el vasto Amazonas

Mario Antonio Sandoval

Los incendios ocurridos en las últimas semanas en la inmensidad de la zona amazónica pusieron en primer plano una serie de temas ya conocidos desde hace muchos años, sobre todo en el campo científico y ecológico, no tomados en cuenta porque los seres humanos aún tienen la idea de la inmensidad del planeta Tierra. Simplemente, esto no es así.

Nuestro planeta es un pequeño punto incluso en el mismo sistema solar. Estuvo en serio peligro la fábrica natural donde se produce una tercera parte del oxígeno, así como en otro caso el plástico lanzado a los mares está afectando el agua, con lo cual toda la vida terráquea, comenzando con la humana, sufre de un agotamiento del cual es imposible escapar si no se cambia la manera humana de relacionarse con la Tierra.

La preocupación por la madre Tierra ya tiene al menos un despertar generalizado. El jefe piel roja Seattle, en 1854, escribió una serie de pensamientos cuya actualidad es sorprendente y ya deben ser tomados en cuenta seriamente. Dijo: “Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Todos somos parte de la misma familia”. “Para el hombre blanco la tierra no es su hermana, sino su enemiga”. “Su hambre insaciable devorará todo lo que hay en la tierra y detrás suyo dejarán solo un desierto”. “La tierra no pertenece al hombre. Es el hombre el que pertenece a la tierra”. “Todas las cosas están relacionadas. Lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá también a los hijos de la tierra. “El hombre no ha tejido la red de la vida. Y sólo es un hijo más de la trama”.

Continúa: “Dios es el mismo para todos. Esta tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. También los blancos se extinguirán, talvez antes que todas las demás tribus. Ustedes caminan hacia su destrucción rodeados de gloria. Es el final de la vida y el inicio de la supervivencia”. Lo ocurrido en estos momentos en la selva amazónica no es exclusivo. Pero en este momento resulta absurdo hablar de soberanía, y de ser parte de Brasil, cuyas actuales autoridades están ahora peleando la guerra de los mensajes por redes sociales, sin entender ese camino hacia la destrucción. Las posiciones de Bolsonaro, similares a las de Trump, se parecen en su incomprensión al límite de este planeta.

Son evidentes los efectos de esa actitud de ver a la tierra como una enemiga, propia de la civilización occidental actual y de posiciones políticas cuya actitud es negarse a escuchar a los científicos y a ver los cambios en el clima —por mencionar solo un ejemplo. Esto obliga a los países, ahora críticos con toda razón de la irresponsabilidad de esa actitud suicida para la raza humana, a comenzar a hablar en serio de los cambios necesarios en las ideas económicas, y en discutir abiertamente de los límites del crecimiento de la explotación de la naturaleza, y del empleo de inventos como el plástico, ahora desbocados y causantes de una actitud ciega de todos los seres humanos. El fuego del Amazonas es notorio por ser ejemplo del desbalance causante del seguro fin de la raza humana.

Lejos de rechazar la crítica extranjera, las autoridades de los países donde se encuentran segmentos del equilibrio necesario para la vida deben agradecerla. Ya llegó la hora de ver a la ecología como una ciencia y a comprender los límites del planeta tierra. Las rozas en los bosques brasileños constituyen una especie de veneno aplicado en muchas partes, incluyendo Guatemala. El derretimiento de los polos puede provocar la desaparición de miles de ciudades situadas a la orilla de los mares, especialmente en la costa este de Brasil y de Estados Unidos, lugares cuyos presidentes están empecinados en negar lo innegable, por razones imposibles de entender y de explicar. Seguramente ya ha comenzado la etapa de la desaparición de la vida y el inicio de la supervivencia.