La buena noticia

Libertad y conversión

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

La denuncia del pecado humano, la conminación a la conversión y la oferta del perdón de Dios a quien cambia de conducta son temas que recorren la Biblia de principio a fin. Ese mensaje supone que hay acciones que le hacen daño y perjudican al mismo autor que las realiza y a la sociedad en la que vive. Supone que quien llama la atención sobre esa mala acción y la denuncia para provocar un cambio hace algo bueno. Supone que las personas no están determinadas, sino que tienen la capacidad de convertirse, de modo que quien cometía acciones destructivas puede también comenzar a comportarse de modo constructivo. El anuncio que recorre la Biblia de principio a fin es que Dios quiere perdonar e invita al hombre a cambiar. Dios no solo hace la vista gorda, como se dice, sobre el pecado humano, sino que lo remueve, lo quita, lo borra y de este modo regenera a la persona. El mal moral que uno comete no es constitutivo de su identidad y naturaleza; Dios no creó al hombre pecador, sino que él se hizo tal a sí mismo, por lo que Dios puede restaurarlo a la santidad para la que fue creado. Una imagen tomada de la informática nos da una idea. Cuando Dios perdona ocurre algo así como cuando se formatea un dispositivo de almacenamiento de datos, no queda rastro de lo que allí había grabado. En la concepción católica de la conversión y del perdón divino eso es lo que ocurre. Otras corrientes teológicas cristianas no comparten esta visión tan optimista, sino que sostienen que Dios simplemente tapa el pecado de su vista.

Esta confianza en la capacidad humana de cambiar con el auxilio de Dios, esta persuasión de que uno puede dejar de actuar como antes y comenzar de nuevo, la convicción de que el perdón de Dios es capaz de limpiar a la persona de todo rastro de mal están a la base de las acciones pastorales de la Iglesia en relación con los pecadores en general e incluso con los casos que una perspectiva puramente psicológica consideraría irremediables. Cuando se degrada la idea y el significado de la libertad humana, uno acaba por considerar a la persona como una máquina reprogramable. La famosa película de Stanely Kubrick, La naranja mecánica (1971), basada en la novela homónima de Anthony Burguess, ridiculizó la pretensión de reducir al hombre y su libertad a máquina de reflejos condicionados. La libertad es otra cosa. Es la capacidad humana de autodeterminación para hacer el bien, según la ley moral, que le señala cuáles son las acciones que construyen a las personas y a la sociedad. Por otra parte, la conversión de la que habla la teología es siempre resultado de la acción divina que transforma interiormente.

Ciertamente las condiciones sociales y culturales en que la persona crece, la educación que recibe, las oportunidades que se le ofrecen predisponen para uno u otro tipo de conducta, pero no estamos programados. El que con una conducta recta y con sus acciones constructivas contribuía al bien propio y de la sociedad, puede cambiar y comenzar a actuar como un delincuente y criminal. El malhechor que, con su conducta destructiva hacia el mal, puede recapacitar, cambiar y comenzar a hacer el bien. La libertad es esa facultad preciosa de la persona por la cual es capaz de crearse a través de sus acciones para llegar a la plenitud de su ser. Pero esa misma libertad habilita a la persona a ejecutar acciones destructivas de sí misma y de la sociedad cuando no está formada moralmente. La Iglesia cristiana ha considerado siempre su misión de iluminar, motivar y acompañar a los creyentes para que con la ayuda de Dios y su ley moral empleen su libertad para el bien. Esa es una de sus contribuciones al bien común.