MIRADOR

Los Miserables

En 1862, Víctor Hugo nos regalaba un novela cuyo título se ha repetido y adaptado a lo largo de la historia con las modificaciones propias del tiempo, pero con idéntica esencia. El francés presentaba una discusión sobre el bien y el mal y criticaba la ley, la política, la ética, la justicia y la religión.

En varios países se ha comprobado aquella frase de “si quieres conocer a alguien, dale poder”, y en España, Argentina y Perú, por ejemplo, hemos visto cómo políticos, religiosos, militares o ciudadanos empoderados se han saltado el orden establecido para vacunarse contra el covid-19. En Guatemala, imitadores de lo malo que pasa por el mundo, más que de las bondades, tampoco se ha hecho esperar tal despropósito. El presidente del Congreso se reservó una exclusiva habitación en el Centro Médico militar cuando el virus se apoderó de él, ignorando y despreciando a miles de ciudadanos que padecíamos tal enfermedad y no podíamos utilizar dichas instalaciones. Dejó ver de qué clase de cuero está hecho, no solamente por el uso indebido de los escasos recursos sanitarios, sino porque no pidió disculpas ni dimitió al finalizar el tratamiento selectivo y preferente que se otorgó, mientras el resto acudíamos a los centros habilitados —excepto a ese— y pagábamos la cuenta de nuestro bolsillo. ¿Cuánta gente murió porque ese inmoral y miserable personaje ocupó un lugar que no le correspondía? Hobbes lo adelantó: “El éxito hincha la vanidad, que es la pasión más peligrosa del hombre”.

' Lo que no tiene calificativo es permitir que esos mamarrachos indecentes continúen al frente de instituciones públicas.

Pedro Trujillo

Recientemente —imitando el comportamiento mezquino del diputado Rodríguez— el alcalde de Villa Canales es vacunado saltándose igualmente las trancas. El muy caradura y ruin —y la Anam que lo apoya— aduce que preside la clínica médica municipal. ¡Claro, al igual que preside el resto de casi todo en el lugar!, por el cargo que ocupa. Tal presidencia no lo cualifica para poner vacunas, hacer chequeos médicos o diagnosticar a pacientes, así que no tiene ni debe estar en contacto con los mismos, que es la razón de la prioridad en la inmunización.

Lo más triste es que seguramente no son los únicos miserables, y en los próximos días o meses otros irán saliendo en la medida que la vacuna llegue. Lo que no tiene calificativo es permitir que esos mamarrachos indecentes continúen al frente de instituciones públicas, mucho menos que no sean castigados con el rigor que merecen. Cada vacuna o cama de hospital que se utiliza sin seguir el orden establecido desplaza a alguien que puede morir. Considerar ese tipo de acciones —al menos— como homicidios involuntarios no debería tener mucha discusión jurídica, aunque parece que no damos trascendencia a tal comportamiento. Además, cuando el abuso del poder se hace desde un cargo público, la gravedad debiera castigarse más duramente.

Lamentable que permitamos esto y que la indignación ni siquiera se produzca cuando hay muertos de por medio, de ahí que otras cuestiones como el robo de recursos públicos, la corrupción, etc., no nos llamen tanto la atención, ni actuemos en consecuencia. Estamos podridos hasta el tuétano —socialmente hablando— y cada día que pasa y sube el nivel de tolerancia frente a estas cuestiones perdemos la poca sensibilidad que nos va quedando. La ética no existe mayormente en esta sociedad, la ley está de adorno, la protesta ciudadana arrinconada en la mente y el abuso campa a sus anchas.

Una sociedad que no se respeta a sí misma no puede pedir respeto, y pareciera que los miserables cada vez son más, y más intensos.

ESCRITO POR:

Pedro Trujillo

Doctor en Paz y Seguridad Internacional. Profesor universitario y analista en medios de comunicación sobre temas de política, relaciones internacionales y seguridad y defensa.

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