Con otra mirada

Los símbolos y su importancia

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

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El acceso al poder es resultado de una elección o nombramiento mediante un mecanismo democrático o autoritario. En ese acto el conglomerado delega en el elegido su voluntad para que tome, en su nombre, las decisiones propias del cargo.

En general, el pueblo reconoce la simbología inherente al poder, sin preguntarse sobre su origen y significado, que suele tener un lenguaje propio, manejado por la oficina de protocolo correspondiente. Reconocimiento derivado de la tradición y la cultura.

Por su parte, el elegido y el grupo que lo acompaña, con el fin de mantener la función representativa, reactivará los ritos que apelan a los valores cívicos y de nación, costumbres y tradiciones que se materializan por medio de los símbolos que configuran el sistema de valores comunes. Una vez en el poder, el oficiante dejará que los símbolos hablen por sí mismos, en tanto, según su propia escala de valores, olvidará la razón y obligaciones que el cargo impone y actuará a su libre albedrío.

Para comprender el significado de los símbolos, como una creación cultural, debe entenderse por cultura todo lo que el ser humano crea, desde las primeras herramientas de piedra hasta la actual tecnología de punta. También son cultura los mitos, tradiciones, religión y arte; vestimenta, gastronomía y ciencias; el deporte, ocio, lenguaje y escritura. Elementos que se transmiten de una generación a otra, replicándose como legado dentro de una comunidad, que llegan a generar la identidad cultural del grupo. Legado que se reflejará en su desarrollo, mediante la producción literaria, musical, artística y filosofía; el urbanismo y la arquitectura.

Los símbolos son expresión verbal con imágenes, signos, figuras o insignias de algo moral o intelectual, aunque también son capaces de representar otra cosa, como conceptos o ideas.

Entre los objetos-símbolo del poder están: el trono, la corona, el collar y el anillo; el cetro o bastón de mando, el cayado o báculo pastoral (para conducir el rebaño); la vara edilicia y la banda presidencial, entre otros. Son signos de autoridad que denotan imperio, dominio o poder de monarcas, eclesiásticos, mayordomos de congregaciones, hermandades y cofradías; alcaldes o presidentes.

Algunos de esos atributos son propios del estamento del poder que se impone a la autoridad que recibe y que heredará su sustituto; en tanto, otros son personales, como el anillo, por ejemplo, que fue personalizado, con el que serían lacrados los documentos oficiales, luego de ser firmados.

En nuestro medio, la costumbre impone que el rito de toma del poder con el que el dirigente inaugura su mandato trae consigo la imposición de algunos de esos objetos-símbolo que representan visualmente su nuevo estatus. El acto incluye la juramentación, sea sobre un libro sagrado o la constitución política del Estado, en una clara remembranza de las ceremonias medievales. En ese acto, los gobernados manifiestan la cohesión política y social con la nueva autoridad, en apego a los valores patrios y una historia que se asumen sean comunes, reafirmando la aceptación colectiva del poder establecido y de a quién lo delega.

En términos urbanos y arquitectónicos, la última acepción dada de los símbolos (que son capaces de representar otra cosa, como conceptos o ideas) los ejemplos abundan. Aunque para fines del presente artículo los limitaré al caso del monumento al bicentenario de la Independencia, en el que la réplica del Palacio de la Real Audiencia, lejos de alcanzar el valor simbólico deseado —el de la Independencia—, expresa todo lo contrario: la sumisión al poder representado.