Catalejo

Mareo puede afectar la victoria de Bukele

Mario Antonio Sandoval

Una vez más, las encuestas bien hechas cumplieron sus pronósticos y por ello Nayib Bukele, el pintoresco e impredecible “milennial” presidente salvadoreño se alzó con la victoria en todo el país y no tiene freno alguno para sus criterios, decisiones, caprichos e irresponsabilidades o para sus posibles aciertos. El primer riesgo, de seguro, será no poder sobreponerse a esa victoria, a causa del ejemplo histórico de otros casos en El Salvador y en Guatemala, entre ellos la hoy olvidada aplanadora verde democristiana en Guatemala, en el período 1986-1991. En el Istmo no parece haber remedio para el mal de montaña político derivado de haber subido a un volcán, no a un Everest, y sufrido no solo por el mandatario, sino también por sus ahora numerosos y obsequiosos cortesanos.

El resultado salvadoreño comprueba una vez más el hartazgo de los votantes a los partidos tradicionales. Tras la firma de la paz, gobernó cuatro períodos el partido Arena, de derecha, pero sus abusos y errores aburrieron a los electores, quienes confiaron en el partido FMLN, derivado de la yunta política con Alianza por la Unidad Nacional, que de hecho coloca a los dos partidos tradicionales mencionados al borde de la desaparición, aunque no sea inmediata. La exguerrilla es la gran perdedora, al demostrarse la desconexión de los salvadoreños actuales con el conflicto armado de su país, como ocurre en Guatemala. Esa etapa de la historia cuscatleca ahora es solo eso: simple historia.

Muchas son las causas para preocuparse por los efectos de ese resultado. Bukele sin duda tomó varias buenas decisiones cuando fue alcalde de San Salvador y eso le dio popularidad nacional, pero ya como presidente ha demostrado sus serios defectos políticos, entre ellos la escasa conciencia democrática, al incubar dentro de sí el germen de un dictador. Uno de sus peores manifestaciones fue la invasión al Congreso para presionar a los diputados opositores. También es enemigo declarado de la prensa independiente. Solo acepta lisonjas; críticas, ninguna. En esto no está solo; lo acompañan Giammattei, Ortega y Trump, los tres con tendencias totalitarias y el populismo por bandera.

Bukele, además, tiene algunas características personales aparentemente sin importancia: su forma de vestir, su gorra echada para atrás, su afición por los carros caros. Tiene carisma natural, pero no lo ha sabido aprovechar al despojarlo de mensajes expresados en lenguaje llano, pero no poco elegante. Tampoco parece tener claro cuándo debe desempeñar el papel de presidente y cuándo puede actuar como persona, lo cual explica haberse tomado una “selfie” pocos momentos antes de pronunciar un discurso en la ONU. Si quiere dar la apariencia de alguien cercano a la juventud, lo logrará en ciertas áreas de la población, cuyo apoyo no es seguro porque son personas jóvenes y, por ello, severos jueces de actitudes y decisiones. Estas formas de actuar menoscaban sus logros.

El Salvador necesita cambios impopulares para los izquierdo-derechistas o derecho-izquierdistas, según se les vea; pero conducirlo al autoritarismo, al abuso de autoridad o al regreso a la dictadura represora de derechos y de libertades es un hecho peligroso, negativo e históricamente imperdonable. Porque, de entregar este cheque en blanco, se estará destinando al país a retroceder y someterlo, de forma paulatina, primero sin mucha violencia y quizá, más adelante, a sangre y fuego. La derecha y la izquierda salvadoreñas, como las de todo el mundo, deben reinventarse en un proceso que implique el abandono del extremismo irreconciliable, para llegar a un área más cercana al equilibrio de pensamiento y acción. Para salvarse de una cercana autoderrota, Bukele debe esforzarse en conseguir un balance de criterio, por ahora inexistente.