LA BUENA NOTICIA

Meditación cuaresmal

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La Cuaresma es una institución de sello católico. Para quienes no lo son, puede resultar un tiempo enigmático. La variedad de prácticas y costumbres de la época contribuye a la confusión, pues algunas de ellas hasta son ajenas al propósito por el que la Iglesia la instituyó. En su sentido más genuino, la Cuaresma es tiempo para revisar la propia vida bajo la mirada misericordiosa de Dios. Es la oportunidad para hacer examen de conciencia y confesar los propios pecados ante Dios y recibir la absolución del sacerdote, que la da en nombre de Dios. Es ocasión para asistir a un retiro espiritual, leer y meditar el evangelio y crecer en el conocimiento y el amor de Dios. Es preparación para celebrar así la resurrección de Jesús.

Desde un punto de vista teológico, la Cuaresma es un tiempo para conocer mejor a Dios, su generosidad y misericordia. Por eso se lee y se medita con frecuencia la parábola de Jesús, conocida hoy como la del Padre y sus dos hijos, antiguamente llamada la del Hijo pródigo. El cambio de nombre tiene el propósito de destacar al personaje principal. Este es el relato: Un hombre rico tenía dos hijos. Un día, el menor le pidió que le diese de inmediato la herencia que le pensaba dar a su muerte. Este hijo no tenía paciencia para esperar hasta ese día incierto. El hombre repartió su herencia a los dos hijos. El mayor se quedó en casa, cumpliendo con sus responsabilidades, pero en realidad, viviendo en el temor, como si estuviera en casa ajena. El hijo menor viajó, se divirtió, sació su curiosidad y sus apetitos, hasta que se le acabó la herencia y tuvo que trabajar. Encontró un trabajo ignominioso y tocó el fondo de la frustración.

Entonces recordó a su padre. Lo recordó generoso, acogedor, comprensivo. Cualquiera de los trabajadores en la casa de donde había salido disfrutaba de mejores condiciones de vivienda y comida que las que él experimentaba. Esa memoria le hizo recapacitar y decidió volver, no como hijo, pues creyó que ya había perdido cualquier derecho, sino para ser contratado como trabajador. La memoria del modo de ser de su padre le abrió una esperanza. El joven regresó. Su padre lo esperaba. Salió a su encuentro, lo recibió como hijo y hasta organizó una fiesta de bienvenida. Lo perdonó.
Pero el hermano mayor, el que nunca se fue y se quedó trabajando en las tierras que ya eran suyas, al volver del campo ese día, oyó la música y la fiesta y ni siquiera se atrevió a entrar en su casa para averiguar, sino que llamó a un empleado para que le informara. Cuando se enteró del motivo, se resistió a entrar. Su papá salió también a su encuentro. Y trató de hacerlo entrar en razones de cómo esa fiesta estaba altamente justificada. Jesús concluyó el cuento sin decirnos si ese hermano entró o no a la casa.

' Vive con alegría y libertad junto a Dios, pues solo con Él encontrarás tu plenitud.

Mario Alberto Molina

La parábola es una joya literaria en la caracterización de los personajes, en la concisión del relato y en el drama de su conclusión abierta, que cuestiona al lector. Jesús la cuenta para explicar cómo es Dios, su Padre del cielo. Es un Dios que reparte la herencia de sus dones; da a cada uno capacidades, medios, facultades. Pero está dispuesto a acoger con el perdón, a quien, como el hijo menor, las emplea para perderse en la frivolidad y después recapacita y vuelve. Y está dispuesto a corregir a quien, como el mayor, las pone al servicio del bien, pero sin libertad, bajo el temor, pues considera a Dios su patrón, no su padre. Al dejar abierta la conclusión, Jesús invita al lector a preguntarse, ¿cómo habría actuado yo? ¿Habría entrado en la casa para perdonar también a mi hermano como mi Padre Dios? ¿Aprendería a vivir con Él como hijo suyo obediente, alegre y responsable?

ESCRITO POR:

Mario Alberto Molina

Arzobispo de Los Altos, en Quetzaltenango. Es doctor en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico. Fue docente y decano de la Facultad de Teología de la Universidad Rafael Landívar.