Florescencia

Migración interna forzada

Dedico este espacio para hablar y hacer visible la migración interna forzada. Y es que, por lo general, asociamos la migración forzada con el desplazamiento hacia los E. UU., no obstante el éxodo hacia el exterior es tan solo la punta del iceberg. A la par de este está la migración forzada interna, una realidad casi invisible pero igual de preocupante y grave.

La migración forzada interna en Guatemala propicia cierta semejanza con la esclavitud en tiempos modernos. Es el gran elefante en la sala familiar que nadie quiere ver y del que nadie quiere hablar. Cada día, cientos de familias se suman al drama de ver a algún miembro de su hogar forzado a migrar, empujado por la falta de empleo y en búsqueda de sobrevivencia o para ofrecer una mejor vida a sus hijas e hijos. Esta tragedia es también resultado de la inseguridad, los desastres naturales o la violencia criminal.

La migración es un derecho humano, pero cuando el éxodo se produce por la necesidad de supervivencia, porque es la última opción para resguardar la vida y el bienestar de los seres queridos, se vuelve forzado, es peligroso y doloroso. La migración opcional existe en una sociedad donde hay equidad y desarrollo humano integral, pero la forzada es prueba de un contexto de desigualdad social y económica.

En Guatemala, desde la Colonia hasta 1944 se registró una migración interna en base al trabajo forzado para los terratenientes y las obras del Estado. Con el inicio del conflicto armado interno, en 1960, se produce el éxodo interno y externo de manera importante, que se agudizó en la década de 1980. Según el Informe del Taller sobre Migración publicado por Usaid en 2018, hasta 1994 se habrían movilizado unos 400 mil guatemaltecos. De 1995 a 2010 la migración aumentó a 1.6 millones de personas, en su mayoría forzada y hacia EE. UU.

Cada vez, más personas se ven en la necesidad de migrar de la provincia hacia la capital (principalmente) u otras zonas urbanas. La movilidad interna tiene, sobre todo, rostro indígena y rural. Buena parte sobrevive en la economía informal, las ventas ambulantes y la maquila, aunque la mejor representación de esta migración forzada son las trabajadoras de casa particular.

Según la Encuesta Nacional de Empleo e Ingresos (ENEI), para 2016 en Guatemala había más de 242 mil trabajadoras domésticas. Y la Asociación de Trabajadoras del Hogar, a Domicilio y de Maquila (Atrahdom), señala: “El trabajo doméstico en Guatemala, como en el mundo entero, sigue siendo una forma de esclavitud, explotación y trata laboral”. Los siguientes datos son escalofriantes, pues la organización establece que el 92% de esta población son mujeres, 62% son mujeres indígenas migrantes internas desplazadas por la violencia, la guerra y la falta de herramientas de desarrollo; el 43% son niñas y jóvenes de edades entre 14 a 26 años, el 70% no ha logrado terminar los estudios primarios y solo el 10% logra terminar el tercero básico. Además, el 80% reciben salarios por debajo del salario mínimo, un 70% trabaja jornadas de entre 12 a 22 horas diarias, sin pago de horas extras; un 73% es víctima de malos tratos, incluyendo abuso y acoso sexual, maltratos físicos, verbales y psicológicos; solo un 39% de esta población recibe pago de prestaciones como aguinaldo y la bonificación anual; solo un 19% goza de vacaciones pagadas y únicamente un 2% es beneficiaria del Seguro Social.

Esta desigualdad es un reflejo más de la pobreza y tantos otros males que no nos gustan pero que no queremos ver. Por el bien de nuestra gente, nuestro país, es vital que juntos hagamos realidad el sueño guatemalteco, donde haya desarrollo humano integral y progreso equitativo. Todos Somos Migrantes.