Florescencia

Migrantes

Migrar es una característica inherente al ser humano. A lo largo de la historia, en todas partes del mundo y en cualquier civilización antigua o presente, las migraciones siempre han sido parte de la dinámica de las sociedades. Es el eslabón entre quienes llegaron primero y quienes llegaron después a una región. Ya sea por voluntad de movilizarse o porque se ven presionadas por cualquier circunstancia, las personas migran casi siempre por las mismas razones: sobrevivencia o sueño de buscar una mejor vida.

El premio Nobel de Literatura José Saramago lo resume en estas palabras: “…si tú no emigraste, emigró tu padre, y si tu padre no necesitó mudar de sitio fue porque tu abuelo, antes que él, no tuvo otro remedio que irse, cargando la vida sobre las espaldas, en busca del pan que su tierra le negaba”.

En el caso de la región centroamericana, el éxodo de personas y familias enteras en los últimos tiempos está, a menudo, empujado por profundas injusticias, por la violencia persistente, la falta de empleo, el hambre, la exclusión social y los muros de la desigualdad.

Mientras haya fronteras, la migración no tendrá fin. Lo que sí se puede hacer es reducir la migración forzada. Se puede lograr que las migraciones sean una alternativa opcional. De esto buen ejemplo es México. En el siglo pasado, los mexicanos estaban migrando a Estados Unidos en porcentajes mayores que los centroamericanos lo hacemos en la actualidad. Sin embargo, en este siglo esa tendencia ha cambiado. Es más, muchos de los mexicanos que migraron entonces están regresando a su país. Nadie quiere irse de su tierra natal solo por capricho.

Más allá de las políticas restrictivas, criminalizadoras y de manifestaciones de estigmas e intolerancia que pudieran existir, cuando migrantes de otros países pasan por nuestro territorio, los guatemaltecos debemos seguir mostrando al mundo, una y otra vez, que nuestra solidaridad y hospitalidad están primero. Lo hemos vivido en otros momentos de la historia. Durante el conflicto armado interno de nuestros países recibimos refugiados, así como también fuimos recibidos como refugiados en otros países.

La migración debe humanizarnos y convertirse en una oportunidad de crecimiento entre quienes se movilizan y quienes son los anfitriones. El país más poderoso del mundo de hoy —sin importar quién actualmente lo gobierne—, está históricamente conformado por migrantes. El odio y el maltrato al migrante son actitudes de ignorantes, perpetradas por aquellos que se han olvidado de que ellos, sus padres o sus abuelos alguna vez fueron recién llegados. A aquellos que dejan legados de odio, la historia los juzga sin piedad. Al paso del tiempo, los puestos y las naciones permanecen, lo que cambia son las personas que los gobiernan.

A los guatemaltecos nos caracteriza la hospitalidad, la solidaridad y la caridad. La migración que pasa por nuestro país es oportunidad para un intercambio de culturas, de aprendizaje que nos potencie y nos haga crecer. Pero para poder tomar ventaja de estas oportunidades, debemos tener un líder que propicie unión, y no división. Una persona capaz, sensata e íntegra que pueda reconocer de dónde viene y a quién sirve.

Ni muros ni fronteras ni políticas restrictivas pueden detener las migraciones. La evolución natural de la humanidad se caracteriza por los permanentes éxodos y la movilidad constante. En cambio, la solidaridad y la tolerancia, en medio de cualquier coyuntura antimigratoria, podrá hacernos crecer como personas y como sociedad.