Mirador

Mitch, Stan, Agatha, Eta, Iota…

Pedro Trujillowww.miradorprensa.blogspot.com

Hace poco volví a leer una nota publicada en este medio sobre los daños ocasionados por estas fechas, pero en 1998, por el huracán Mitch. Si quitamos de la misma que se dio asueto uno de los días, podríamos usarla para describir lo sucedido con la tormenta Eta. En conclusión: mismas causas e idénticos efectos. Salvando la distancia y el tiempo, parece que no aprendimos nada.

Llevamos años padeciendo calamidades y no terminamos de componer el sistema de gestión de crisis para enfrentar desastres naturales u otro tipo de eventos catastróficos. Por mucho tiempo se le adjudicó idéntico y reducido presupuesto a Conred y no se mantuvo una estructura mínimamente profesional que pudiera continuar en el tiempo, elaborar planes y, sobre todo, hacer ejercicios y aprender de la experiencia, que es el valor más grande en este tipo de actuaciones. Más tarde, y a medida que se sucedieron los siniestros, el presupuesto aumentó un poco y la profesionalización se estabilizó un tanto, alegría que no duró mucho. En 2018, con motivo de la erupción del Volcán de Fuego, se pudo constatar la ineficiencia del sistema, la escasa capacidad de respuesta y la pobre gestión de la crisis. Es necesario implementar un Servicio de Protección —o defensa— Civil y no continuar con una “coordinadora” sin dientes para imponerse.

Olvidamos potenciar a bomberos, policía, ejército, Conred y a otras entidades que intervienen en catástrofes, y todos ellos quieren sus medios, su personal, su protagonismo y su poder propio; sin embargo, hay que comenzar a hablar de adquirir capacidades conjuntas. Es decir, establecer un sistema donde los medios estratégicos “no sean de nadie” y puedan ser empleados por todos. Se trata de consolidar capacidades y no duplicar instituciones. Un ejemplo muy claro sería el elemento aéreo. Se requieren aviones o helicópteros para muchas cosas: perseguir el narcotráfico, erradicar sembrados de drogas, vigilar el espacio aéreo, interceptar aeronaves no identificadas, pero también para transportar heridos, rescatar personas aisladas, llevar suministros, etc. Esto es, si se contara, por ejemplo, con un cierto número de helicópteros y de aviones de ala fija que “no fueran de nadie, sino de todos”, se utilizarían a demanda de la necesidad y del momento lo que supondría un ahorro, pero sin dejar de disponer de los medios necesarios. Como quien tiene un único vehículo en su casa y es utilizado por todos en función de la demanda y prioridades de la familia. Se trata de identificar medios estratégicos y trabajar por capacidades, las que son utilizadas en la medida que las instituciones las requieren en función de las prioridades nacionales.

Algo similar se puede hacer con el transporte terrestre, en lugar de que cada institución tenga su propia flotilla de vehículos —sobre todo los especiales—, pero también con centros móviles de control y gestión de crisis, con medios de comunicación sofisticados, con hospitales de campaña y cuestiones similares. Todo lo anterior reduce el costo, optimiza el empleo de los recursos y genera un sustantivo avance en la modernización y en la forma de enfrentar repetitivas y periódicas crisis. Hay que superar el rechazo al debate sobre el ejército o la policía y, de una vez por todas, entrarle a la inversión en seguridad que el país necesita en lugar de enrocarse en comentarios ideologizados que únicamente detienen la adquisición de medios que evitarían muertes y destrucción. La transparencia en el gasto y adquisición adecuada de los mismos son necesarios para contar con mayor apoyo social y hacer del conjunto una herramienta eficaz y eficiente.

¿Cuántas catástrofes más deberemos padecer para usar la razón?