presto non troppo

¿Música o idioma o productividad o…?

Paulo Alvaradopresto_non_troppo@yahoo.com

Daba pena escuchar a la señora que se lamentaba por el hecho de tener que retirar a su hijo del Conservatorio Nacional de Música. No era a causa de su mal desempeño o por problemas de comportamiento. Simplemente le acababan de avisar, de parte de la escuela privada donde está inscrito el muchacho, que durante este ciclo estaría obligado a asistir a dos clases adicionales fuera del horario habitual, precisamente en el tiempo destinado a sus clases de música. El plantel no dio el aviso con anticipación sino ya iniciado el presente año escolar; no intentó redistribuir el programa matutino; no tiene previsto el transporte para cubrir lo extemporáneo de la decisión; no escucha a las madres y a los padres de familia… Claro, hablamos de disciplinas artísticas. Hablamos de actividades que la sociedad no considera prioritarias en la formación del alumnado. Hablamos de la hostilidad con la que se visualiza el arte cuando la obsesión es el negocio, la empresa, el pago, el consumo. Hablamos de los vicios que lastran tanto al sistema educativo privado como al público. Hablamos de miseria, aun en los colegios más caros del país.

Por supuesto, la raíz del problema viene de muy atrás, desde que la educación institucional se visualiza como el cumplimiento de disposiciones convenientes al mantenimiento de un statu quo, permanente e incuestionable, independientemente de la represión que se ejerce sobre los educandos. Disfrazadas esas conveniencias como “valores”, “fundamentos morales”, “normas de buena conducta”, “éxito” o “liderazgo”, la vida escolar no está orientada ni al individuo ni a la colectividad. Salvando el caso de programas aislados y maestros preclaros que siempre se constituyen en excepciones, la intención de la instrucción pública y privada no es que los jóvenes se descubran a sí mismos, que puedan crear su propio significado personal y que alcancen la autonomía para trazar su propio camino. Tampoco es crear una conciencia solidaria, que busque abolir prejuicios de clase y, cuando menos, aprender a actuar en equipo.

Sobre esto —y aquí se pone espinudo el tema—, ¿cuáles son esas asignaturas que, de pronto, le interesó abarcar al plantel en cuestión, y por qué? Idioma kaqchikel, por una parte; Productividad, por la otra. El Ministerio de Educación indica que deben impartirse, pero no por avanzar el pensamiento y la integralidad de una nación multiétnica en el primer caso; mucho menos por avanzar la capacidad creativo-productiva de los estudiantes, en el segundo. Aprender otro idioma es comprender a profundidad la sabiduría y la visión del mundo que no puede reducirse a frases hechas y un vocabulario mínimo. Aprender a ser productivos es desarrollar nuestra inventiva y nuestra capacidad para compartir, lejos de añadirnos a una masa informe de asalariados.

Así, nuestra afligida madre de familia acudió al plan de fin de semana del Conservatorio para compensar de alguna forma la mal encaminada resolución del colegio de su hijo. Aunque fuera solo una vez a la semana, en sábado o en domingo, esto le permitiría continuar su preparación musical. Ahora resulta que corre el rumor de que el Ministerio de Cultura anda contemplando forzar el cierre de ese plan, dejando en la calle no solamente al jovencito, sino a cientos más —muchos de los cuales vienen del interior, donde las opciones son todavía más escasas. O… ¿no es un rumor nada más, sino otro designio macabro? ¿Por qué mandarían suspender clases precisamente en el Conservatorio ayer sábado y hoy domingo, bajo el fortuito pretexto de efectuar una evaluación por supuestos daños a causa de un sismo leve?