Catalejo

Números comprueban mal lugar de Giammattei

Mario Antonio Sandoval

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El viernes, Alejandro Giammattei cumplió seis meses de haber prometido hacer “un buen gobierno”, pero los números de la medición hecha en el área metropolitana por ProDatos y publicados el sábado muestran preocupantes conclusiones para él. Las gráficas entre enero y agosto muestran el descenso de 83 a 46% de quienes lo apoyan y el aumento 6 a 36% de quienes “no están nada de acuerdo”. Debido al margen de error de +-6.9%, esos números podrían ser mayores o menores en igual porcentaje. Hacia arriba o abajo. La causa mayor de la disminución es la inconsistencia presidencial y el ser menos estricto. Siguen las inconsistencias en las cifras oficiales, robo o corrupción, ser presionable y, de último, no haber apoyado a los hospitales y la salud.

Lo más importante de estas mediciones es su posibilidad de buscar los motivos. Los guatemaltecos, lo señala la muestra, tienen adentro a un pequeño dictador, quien ordena y es obedecido sin chistar. Quieren acciones rápidas, impuestas, sin discusión. (Por eso están condenadas al fracaso las famosas “mesas de diálogo”, al implicar consenso, pero ese es otro tema). El doctor Giammattei está siendo criticado porque saltó por la borda de un barco del cual al principio de la pandemia quería ser almirante y marinero, cuando acarreaba bolsas y cajas con ayuda. Después se volvió vocero de un gobierno centrado en él, durante sus presentaciones dominicales para dar datos del aumento de casos, tarea también abandonada por no corresponderle y ser contraproducente.

Rodeado de malos asesores, sobre todo la pareja de extranjeros, en esos discursos iguales a los de la campaña, no quiso ver lo absurdo de “dar mensajes positivos” cuando las familias se quedaban sin los ingresos paternos o maternos a causa de los despidos obligados. Mantuvo a su inepto ministro de salud, de quien se deshizo por presión interna cuando ya mucho daño estaba hecho, pero lo premió con otro puesto. El cierre del país al principio fue admitido como un hecho duro e inevitable, pero cuando los efectos de esas medidas fueron fundamentales para arrasar al turismo, por ejemplo, la urgencia por sobrevivir de quienes dependen de la economía informal los hizo no acatar las órdenes. Ante el desastre, se hizo a un lado en medio de ruegos a Dios por bendecir a Guatemala.

Aunque los entrevistados no lo señalan, la gran falencia es no haber ni intentado combatir la corrupción, sino unirse y negociar con el pacto de corruptos; su contraproducente concubinato político con sectores económicos recalcitrantes y aferrados al pasado y la andanada de justificadas críticas, lo ha llevado a desesperarse, al punto de evidentemente haber dado el visto bueno al intento de desembarazarse del vicepresidente, aunque le haya ofrecido apoyo, causante de náusea intelectual hasta en Guatemala, donde sucede de todo. Para agregar complejidad, las presiones causadas por el maremágnum donde luchó tantos años por meterse, constituyen un claro riesgo para su salud.

El factor tiempo le es adverso a Giammattei. Recibió el cargo hace apenas 117 días, y aún le faltan 1,220. (Por otras razones, es el mismo caso de Donald Trump, quien apenas tiene 78 días para lograr la reelección). Hay otro factor: el cansancio físico y emocional como producto de tantos y tan seguidos fracasos. Finalmente, ha comprobado la certeza del proverbio árabe “ser amo de mi silencio y esclavo de mis palabras”. Ha llegado al punto de la verborrea provocada por la improvisación: “ahora voy a empezar a gobernar”. Conforme se convenza de su fracaso porque “el león no es como lo pintan” comprenderá el problema y llegará a la mitad de su solución. Esta incluye pensar en la valiente decisión de dejar su cargo de manera voluntaria, porque todo falló.