Catalejo

Oprobioso y variado silencio por todos lados

Mario Antonio Sandoval

América Latina se encuentra ahora avasallada, casi impotente, de una forma jamás pensada. La violencia de los gobiernos sacude el continente. Ha corrido la sangre ciudadana en caminos, plazas y ciudades, de Chile, Bolivia, Ecuador, Perú, Colombia y Nicaragua, por supuesto. En México no se ha llegado a ese extremo, aunque allí la sangre corre por otras razones. La figura de los presidentes se encuentra en franco deterioro, y en este tema se unen Honduras, Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Brasil. Es una crisis de estas democracias, aunque sea estilo tropical y contribuyen los partidos políticos, congresos y, en general, los diversos sectores sociales económicos, académicos. Ante el generalizado silencio, solo van quedando comentaristas y analistas de prensa.

Se trata de una crisis en una región geográfica donde estas son lo natural. Un breve y superficial análisis de los dos siglos vividos como unidades políticas independientes saca pronto a la superficie la repetición y empeoramiento de los males heredados de la Colonia y aumentados por la imparable actitud de convertir a las nuevas repúblicas en una réplica de la mentalidad monárquica, así como de la perspectiva religiosa católica, ahora debilitada, sobre todo en las últimas décadas, por grupos evangélicos o protestantes. Estos se han inmiscuido en política, de manera mucho más profunda a como lo hizo y sigue haciendo el catolicismo, y sus efectos se hicieron evidentes conforme se afianzó la influencia de Estados Unidos, desde mediados del siglo pasado.

La situación actual tiene otro factor: el silencio, muchas veces prueba sagacidad o de madurez, pero en otras una especie de complicidad. Veo con claridad dos ejemplos: el primero es el de los sectores académicos, y no me refiero a personas individuales, porque muchas de ellas sí alzan sus voces, sino al de los representantes de las instituciones. Es importante para quienes abrazan un criterio económico, político, religioso o ideológico, conocer el pensamiento de sus autoridades o representantes más sólidos. El mundo académico es parte importante del mundo real, tangible, porque entre sus obligaciones se encuentra la de pensar en el futuro, sobre todo cercano y lejano.

El segundo ejemplo es la religión. El ser humano no solo debe pensar en la vida extraterrenal, sino en la de hoy en día, aunque no en el sentido del beneficio egoísta, porque este no encaja en la religión con base humanista y sobre todo con la búsqueda del mejor bien posible para más personas. Y esa voz del máximo nivel jerárquico se debe oír muy pronto cuando hay crímenes de lesa humanidad, como la negativa de Daniel Ortega a entregar insulina a un sacerdote diabético. Protestar por esto no es inmiscuirse, solo es cumplir una obligación. Juan Pablo II lo hizo en Polonia. No veo por qué las jerarquías locales no lo hacen muy pronto y no lo dicen recio.

En ese sentido, a mi juicio es Nicaragua el lugar donde los católicos se sienten más apoyados. Hace muchos años, en El Salvador fue asesinado monseñor Romero, ahora en los altares, en condiciones parecidas, aunque diferentes en la situación político social. Pagó con su vida la ruptura del silencio. Hoy en día, lo acontecido en casi todo el continente latinoamericano obliga a escuchar la voz de todos los pastores, católicos o no católicos. Lo han hecho los obispos de Guatemala, Costa Rica, Panamá y el Consejo Episcopal Latinoamericano, pero a mi juicio es necesario escuchar directamente la voz del papa Francisco, hasta la de las iglesias no católicas, porque les llegará su turno, sin duda. No hacerlo producirá la reducción de fieles de cualquier grupo.