Liberal sin neo

Pan más caro, le trae circo

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

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El 6 de enero de 2021, el Congreso de EE. UU. se reuniría en el capitolio para certificar la elección de Joe Biden como presidente. Manifestantes se congregaban afuera; en un discurso, Donald Trump exhortó a marchar pacíficamente a protestar. Una turba logró entrar; en fotografías y videos de los manifestantes que ocupan el hemiciclo se aprecia que los personajes son más cómicos que terroríficos. Fueron desalojados sin incidente. Uno de los manifestantes más emblemáticos que entró al capitolio es Jacob Chansley, autodenominado shaman, sin camisa, con pelaje y cuernos en la cabeza, cara pintada y una bandera en la mano. Sin armas.

La congresista Alexandria Ocasio-Cortez se refirió a los disturbios del 6 de enero como un “ataque terrorista” que provocó “casi diez muertos”. Ninguno de los manifestantes que ingresaron al capitolio portaba armas de fuego. Hubo un solo disparo, de un policía que mató a Ashli Babbitt, de 35 años, veterana de la fuerza aérea, manifestante que no portaba arma. El New York Times (NYT) publicó que Rosanne Boyland murió aplastada por la turba; un mes después, el médico forense reveló que Boyland expiró por intoxicación aguda de anfetaminas. Dos hombres con antecedentes cardiovasculares murieron por paro cardíaco; se encontraban afuera y fallecieron antes del forzado ingreso al capitolio. El NYT informó que un policía, Brian Sicknick, murió al ser golpeado en la cabeza con un extintor por un manifestante. El forense determinó que Sicknick sufrió un derrame cerebral y su cuerpo no mostraba señales de golpe. Cuatro policías se suicidaron; dos en días siguientes y dos seis meses después. Estos son los muertos del ataque terrorista, la insurrección del 6 de enero: un disparo, dos infartos, un derrame, una sobredosis y cuatro suicidios.

El Congreso de EE. UU. estableció una comisión para investigar el 6 de enero, que la semana pasada inició una serie de audiencias, transmitidas en vivo. Se presenta como una investigación para descubrir la verdad, introduciendo evidencia y declaración de testigos. El problema es que hasta el momento hay una sola teoría y punto de vista; no se abordan diferentes líneas de investigación o hipótesis. Se acusa, pero no hay derecho de defensa. Es un espectáculo mediático sobre una sola narrativa: fue una insurrección.
Reportajes insisten en subrayar que la comisión es bipartidista. ¿Qué es lo que no dicen?
El líder del partido republicano en el Congreso, Kevin McCarthy, como corresponde, designó a cinco congresistas de su partido para integrar la comisión. En un acto insólito, la presidenta de la asamblea y líder demócrata Nancy Pelosi rechazó la inclusión de dos de los republicanos designados, motivando que los otros tres se rehusaran a participar. En seguida, Pelosi nombró a dos republicanos de su gusto para integrar la comisión. Nunca visto en la Asamblea de Representantes de EE. UU.; no hay tal bipartidismo.

En un disturbio deplorable, peligroso, una turba de hippies y descontentos seguidores de Trump, sin armas, ocupó el capitolio. No llega a insurrección y menos a acto terrorista. La comisión no es una investigación, sino un espectáculo para levantar el moribundo capital político de un partido, camino a las elecciones de medio término en noviembre. Esta opinión no constituye defensa o excusa de lo sucedido el 6 de enero, y menos de Trump; critica un proceso extrajudicial, político, mediático, que se viste en traje de búsqueda de la verdad. No preste atención a la inflación, recesión, precio de la gasolina, frontera fuera de control, enfóquese en lo importante, la insurrección.