Catalejo

Periodismo, un riesgoso e indispensable trabajo

Mario Antonio Sandoval

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Desde hace algunos años el periodismo ha sido víctima de críticas con mala fe, no serenas ni bien intencionadas. Como toda actividad humana, es positiva, útil y necesaria cuando se practica profesional e independientemente. También puede ser utilizado para mal, de la misma manera como algunos abogados traicionan a sus clientes o algunos médicos por descuido o ignorancia causan la muerte de sus pacientes. Una característica muy particular del periodismo es encajar y ser parte del ejercicio de la libre emisión del pensamiento, tema compartido con cualquier ciudadano. Por ello, quienes lo critican de buena fe a veces lo hacen sin conocer su significado, sus divisiones, y caen en el error de pensamiento lógico llamado falacia de generalización imperfecta.

Los gobiernos y los grupos de presión —económica, política, religiosa, académica y demás— aceptan esa libertad, la apoyan y la alaban, pero solo cuando coincide con sus pensamientos o sus intereses, y la rechazan ruidosamente basándose en insultos y mensajes anónimos cuando es diversa a estos. Ese rechazo se pone de manifiesto con señalamientos de inexistente corrupción periodística o mala fe de todos los periodistas y columnistas. El actual gobierno, sin ver su catarata de acciones inmorales, ilegales, nepotistas, a través del dócil Ministerio Público ha redoblado la persecución de periodistas “molestos”, contraproducente porque cimenta el convencimiento general de la certeza de los hechos señalados en publicaciones, columnas y espacios de opinión por radio y TV.

La labor periodística escrita —más importante porque perdura en el tiempo y tiene el peso de una tradición multicentenaria— se divide en informativa, para relatar noticias, destacadas según afecten o interesen al mayor número posible de personas; reportajes, de mayor extensión y necesidad de investigación; orientadora, en la cual un medio expresa su opinión oficial en el editorial, por ello publicado sin firma, así como artículos escritos por personas conocedoras de algún determinado tema de actualidad. La ignorancia de los funcionarios muchas veces es inconmensurable: hace poco, la lamentable presidenta del Congreso dijo sin rubor alguno que “la prensa necesita titulares”; es decir, no son las acciones gubernativas corruptas el motivo de los encabezados.

A su criterio no se debe informar ni censurar el botín de los Q3 tres mil millones otorgados al CIV, porque así puede afianzarse el pillaje económico, o la aprobación de deudas por cientos de millones de quetzales. Las columnas son opiniones, subjetivas y no aclarables. Su importancia deriva de la seriedad del columnista y la importancia del tema. La actual tecnología permite al público conocer simultáneamente los hechos, cuya complejidad otorga más importancia a esta forma de periodismo, de base moral sostenida en la decisión del autor porque se debe a sí mismo, al público, al medio informativo, a sus colegas y a la sociedad. Esto puede y debe aplicarse a los políticos.

Parte de la crisis del sistema democrático en demasiados países se debe a esa sorda conspiración contra la prensa y quienes la ejercen. Los gobiernos izquierdistas en América Latina lo practican despiadadamente, pero en Estados Unidos ha surgido de los republicanos seguidores de Donald Trump, tan admirado por latinoamericanos imitadores, así como otros lo hacen con Biden. Lo indicado en este artículo no quita de ninguna manera la necesidad social de un periodismo profesional e independiente basado en esas cinco aspectos morales ya señalados. La mejor prueba del valor de este tipo de periodismo es el enorme número de hombres y mujeres de prensa asesinados a lo largo del tiempo por todas las dictaduras y los gobiernos totalitarios, en ciernes o ya instalados.