Catalejo

Perú será presidido por un marxista declarado

Mario Antonio Sandoval

Al haberse declarado oficialmente ganador de las elecciones peruanas al candidato Pedro Castillo, de 51 años, Perú se une a los países latinoamericanos regidos por gobiernos de la izquierda a-histórica, porque la niega y queda silente ante el fracaso económico y la tiranía de todos los gobiernos marxista-leninistas.
Las posibilidades peruanas de unirse a ese grupo son altas: el partido Perú Libre se declara marxista, Castillo habla en esa línea, carece de experiencia política y de mayoría en el Congreso, pero este puede revocar el mandato. El fundador del grupo no pudo ser candidato por corrupción. En suma, las posibilidades de un retroceso de Perú ya son muy negras, al haber sido expatriados 14 mil millones de dólares de las cuentas bancarias. Es una reacción esperada ante la incertidumbre sobre la situación sociopolítica del país.

Hay un factor fortuito inesperado: la rebelión popular en Cuba, lo cual puede afectar al nuevo gobierno peruano, ahora con débil posibilidad de recibir apoyo cubano-venezolano y no parece probable uno proveniente de Rusia, aunque tal vez de China Popular. La escasa cobertura de mucha de la prensa escrita continental se debe —a mi juicio— a la poca importancia otorgada a fenómenos políticos latinoamericanos o al poco interés de sus lectores por este tema, al considerarlo lejano y sin conexión con la realidad. Pero en el caso centroamericano es importante comenzar a seguir los acontecimientos en Perú, por sus similitudes con el Istmo y sobre todo en Guatemala, en cuanto al creciente papel de la población indígena y de las clases media y baja citadinas.

Guatemala comparte con Perú y muchos otros países latinoamericanos el resentimiento contra la corrupta y voraz clase política. Presenta, además, las muestras de una dirigencia política indígena con discurso sereno, como lo ejemplifica el dirigente Martín Toc, de los 48 Cantones de Totonicapán. La participación electoral con resultados notorios se ejemplificó con Telma Cabrera en los anteriores comicios. Se sabe muy poco de su proceso de organización, realizado fuera de los partidos politiqueros tradicionales. Mientras, el Congreso cada día da más motivos para el desencanto: la ley electoral permite crear nuevos partidos de fachada para el pillaje y el robo, con lo cual se abre la puerta a nuevas manifestaciones equivocadas del voto para lograr cambios.

Un movimiento indígena organizado, al salir a la superficie y a la realidad de la Guatemala ladina, podrá de seguro crear la imagen de representar a todas las etnias, mientras los politiqueros tradicionales seguirán dividiéndose en grupos amorfos. Las elecciones generales están a dos años, suficientes para afianzar filas alrededor de la idea, por supuesto equivocada, de “ellos” y “nosotros”. Ambos conceptos son casi imposibles de definir, porque la división étnica no incluye la educativa a todos los niveles, la económica, incluso religiosa, todos ellos factores importantes. Las dos anteriores elecciones fueron de voto en contra, ahora sería de “ya no puedo perder más”. Numerosas oenegés extranjeras y comprometidas pueden tener un papel fundamental para fomentar esta nueva división.

Estos criterios facilitan encontrar la similitud de los casos peruano y guatemalteco, no iguales pero sí parecidos. Señalarlo no implica rechazarlo, sino reconocer una creciente realidad. Gobernar cualquier país requiere de un equipo multidisciplinario, con visión compartida y conocida. Es relativamente fácil ponerse de acuerdo en el qué, pero es muy difícil hacerlo en el cómo, el cuándo, el por qué y el para qué, sobre todo cuando son tantas las necesidades y tan evidente el atraso político, social y económico. Negociar y acordar, en el buen sentido de esas palabras, se vuelve fundamental. Hoy, el peruano Pedro Castillo tiene al frente su propia realidad y pronto comprenderá la enorme dificultad de gobernar un país complicado en situaciones sin precedente.