Catalejo

Pesar por una irremplazable catedral multicentenaria

Mario Antonio Sandoval

Al conocer del incendio de la catedral de Notre Dame de París me invadió una enorme sensación de pesar y en eso, sin duda, me convertí en parte de una multitud global. Ver las fotos con las llamas abrazándola, la caída de la aguja, la inutilidad del esfuerzo de los bomberos, fue sobrecogedor, y la increíble foto de dos musulmanes sonrientes gritando “Alá es grande”, mientras el fuego se nota al fondo, es prueba de la magnitud de la intolerancia fanática humana. Esta tragedia cultural, sobre todo, hace pensar en la urgente necesidad de actuar con tolerancia, con madurez. Tengo muy arraigado el respeto por el significado de la Historia, y por eso lamento la destrucción de las obras humanas a lo largo de su caminar por los siglos. Las causas fueron fortuitas, hasta donde se conoce en este momento.

Vi Notre Dame por primera vez en 1967. Llena de hollín, oscura. La última fue hace ocho años, limpia, radiante, con su piedra blanca cambiante de colores en el atardecer. Me quedé en un café situado en la plaza cercana, extasiado, viéndola en todo su esplendor, y pensé en la suerte para la cultura mundial de haber resistido guerras, revoluciones. Ingresar a ella era una experiencia única, por sus vitrales y sus rosetones, solo superada al ingresar a la cercana Saint Chapel. Cuando uno tiene oportunidad de vivir una de estas experiencias y, mejor aún, repetirlas, las recuerda siempre y establece con esos monumentos históricos una relación personal muy particular y diferente. Cuando se dañan o se destruyen, algo muere dentro de cada uno de nosotros. Al menos en mi caso.

Por esas mismas causas, me ha llenado de alegría saber del salvamento de imágenes y otros objetos históricos, además de religiosos. Y pienso en los bomberos y demás personas participantes en el rescate, aun a riesgo de su vida: el techo del templo estaba a punto de desplomarse. Inconscientemente estaban dispuestos a morir para salvar el arte, en una aceptación tácita del mayor valor de este al compararlo con el del período de la existencia humana. Este dilema ha estado desde siempre en la historia, pero por primera vez en mi vida pude atestiguarlo. No era el heroísmo de arriesgar la propia vida para salvar la de los demás, sino para salvar ejemplos de la historia humana. Estas personas merecen un homenaje, aunque sea silencioso, de todos los seres humanos.

Otra agradable sorpresa fue enterarme de la velocidad de respuesta de personas e instituciones dispuestas a iniciar cuanto antes las labores de reparación. La Unesco lo hizo a las pocas horas, y esto es explicable porque se trata de una entidad de la ONU localizada en París, precisamente por su importancia como centro cultural de Occidente. Poco después, varios multimillonarios franceses han ofrecido un total de 600 millones de euros para esos trabajos. Vuelve al ruedo, entonces, otro tema igualmente controversial, pues algunos al ver las enormes necesidades de la raza humana hoy en día, cuestionan el empleo del dinero para reparar edificios históricos, cuyo valor real se ha limitado mucho porque perdieron la característica primordial del paso del tiempo.

No es posible saber cuántos años pasarán antes de la finalización de los trabajos para reconstruir Notre Dame totalmente. Hasta el incendio, la visitaban unos 13 millones de turistas cada año. Sin duda, ya no la veré de nuevo en funcionamiento, pero me alegra enormemente haber tenido el privilegio de admirarla, ingresar a sus naves majestuosas y ver hacia arriba, con lo cual era posible entender el sentido del arte gótico, del canto gregoriano y de una época histórica tan controversial. De las caricaturas divulgadas ese mismo día, la más hermosa fue la de Cuasimodo, el Jorobado, llorando y abrazando a la catedral. Esta figura muestra a la literatura como creadora de personajes vivos y entra a la historia de la cultura mundial por derecho propio.