Catalejo

Populistas y tiranos son consecuencia, no causa

Mario Antonio Sandoval

A observar el actual paisaje político latinoamericano, inundado de populistas y de tiranos en proceso de creación o ya existentes, se tiende a buscar explicaciones en las ideologías izquierdistas y derechistas, distintas en ideas pero hermanadas en el desprecio a los derechos ciudadanos, la práctica de la corrupción y de la totalidad de lacras posibles de encontrar en el ejercicio del gobierno de los países, sin divisiones geográficas, sociales, étnicas o religiosas presentes en las sociedades. Es explicable el cuestionamiento de los ciudadanos por las causas, por lo general ocultas, además de fijarse en las consecuencias, fáciles de ver porque saltan a la vista. La meditación sobre los motivos es, sobre todo, más útil para llegar a conocer qué hacer a fin de terminar con una realidad vergonzosa y causante de una historia con esa característica.

En este momento, el mejor ejemplo es el del salvadoreño Bukele. Es un hombre en el fondo contrario a la democracia y su éxito se debe a haber utilizado hábilmente los mecanismos de esta para hacerse del poder, pero la victoria electoral eliminadora de contrapesos y propiciatoria de una monarquía absoluta es el resultado del hastío y rechazo de los ciudadanos salvadoreños a dos partidos, Arena y FMLN, convertidos en centros de corrupción y de abusos. Solo aprovechó esa multitudinaria característica ciudadana y ganó con comodidad, pero pronto se le salieron sus aparentemente ocultas ansias del poder absoluto, por lo cual no tardó ni un día en comenzar a imitar a los actuales tiranos o totalitarios del continente. La culpabilidad no cae en un pueblo engañado, sino en quienes con sus yerros prepararon la ruta. Simple.

Lo mismo se puede aplicar en Guatemala: el proceso de corrupción y de impunidad se empeoró cada vez más a partir de Arzú, en 1996. La aumentaron Portillo, Berger (un poco menos) y la “multi-multiplicaron” Colom, Pérez Molina, Morales y ahora Giammatei. Los dos últimos son manifestaciones claras de impunidad corrupta, como lo demuestra el caso de las vacunas rusas. Ese proceso de hastío popular explica la llegada de ambos, quienes ingenua o descaradamente creen haber recibido votos favorables, y no sufragios en contra de la ahora a la deriva Sandra Torres. La diferencia con Guatemala radica en haber sido un proceso lento pero interrumpido por la expulsión vía votos de los candidatos oficiales. Pero ahora ya el escenario está preparado para la llegada victoriosa de un populista tal vez desconocido. México, Colombia y Costa Rica son otros ejemplos de descontento popular a causa o a pesar de las acciones de sus predecesores, así como de acciones inadecuadas de los presidentes. En Perú un desconocido recién llegado se enfrentará a la hija del dictador Fujimori y posiblemente la venza si triunfa el criterio de ser la opción “menos mala”, al estilo guatemalteco. En Bolivia, con Luis Arce, la fuerza de Hugo Morales y su Movimiento al Socialismo se ha recuperado y para predecir el futuro se necesita una bola de cristal. El populismo, con sus cantos de sirena, despierta las esperanzas de pueblos carentes de los conocimientos indispensables. Desde hace varias décadas en todo el mundo se han planteado las campañas con los mismos criterios para vender pasta de dientes.

Este último estilo ha sido exitoso en Estados Unidos desde hace décadas y también en Europa, lo cual explica la victoria de los partidos oficialistas y las tendencias de retroceso político y social. España y Francia son ejemplos, mientras en casi todos los países florecen los extremismos ideológicos izquier-derechistas. Obviamente, no son casos iguales pero se pueden agrupar, en términos generales. No haber detenido al populismo por la mejor vía de hacerlo, la realización de gobiernos aceptables, es la irresponsabilidad más grande de quienes los manejaron. La tecnología actual permite el conocimiento mundial instantáneo de errores, falsedades y malas intenciones. Eso explica la llegada de incapaces.