Catalejo

Prensa Libre llega a 69 años mañana

Mario Antonio Sandoval

Cuando nació Prensa Libre, hace 69 años, sus fundadores no tuvieron tiempo de pensar en poder vivir 69 años a las riendas de un periódico nacido con tanta ilusión, entusiasmo y emoción. Ya no están con nosotros, pero se mantienen los colores aplicados para ejercer el periodismo de la manera como ellos siempre lo entendieron e hicieron. Ese largo camino estuvo lleno de satisfacciones ante el deber cumplido, pero al mismo tiempo de dolor porque se manchó con la sangre de uno de ellos y la de varios colaboradores, todos víctimas de la incomprensión y la violencia tan prolongada durante el conflicto armado interno. Fueron amenazas convertidas en amargas realidades.

En la actualidad, los enemigos de la prensa independiente en Guatemala son los mismos presentes en todo el mundo. El ejemplo más increíble es el caso de Estados Unidos, donde ahora se califica de “noticia falsa” a toda aquella causante de molestias para personajes o grupos tanto políticos como económicos. Es una batalla sorda, desafortunadamente aceptada por numerosas personas imposibilitadas o sin la voluntad de entender la gravedad, incluso para ellos mismos, de los terribles efectos de detener la multiplicidad de noticias y de criterios y opiniones, porque indefectiblemente conducen de manera imparable, aunque a veces lenta, al retroceso social, cultural, económico y político provocado por las dictaduras, único calificativo posible para ese tipo de gobiernos.

Obviamente, el ejercicio de la prensa en todas sus manifestaciones tecnológicas —escrita, radial y televisada— tiene ejemplos de errores e incluso de malas intenciones. Está hecho por seres humanos. Pero ese riesgo es mucho menor al otorgado por las redes sociales, donde en un porcentaje abrumador de casos reina la impunidad, la mentira, la cobardía. No en balde ahora son la manera preferida de los políticos inescrupulosos de divulgar mensajes falsos, sin la posibilidad de defensa para las víctimas, lo cual no ocurre con la prensa profesional, regida por leyes específicas, con derechos de aclaración e incluso demandas judiciales. Esa posibilidad de fallas es magnificada por personas o grupos interesados, quienes financian a delincuentes electrónicos.

Vale la pena señalar estas posibilidades en una fecha tan importante para la historia nacional, porque ejercer el periodismo profesional es una forma de escribir de prisa la historia, y hacerlo con poca posibilidad de ser recordado, como sí le ocurre al acucioso historiador y a sus libros. Pero además, ese valor se solidificará conforme se afianza el convencimiento de la importancia de los análisis y de predicciones para el uso de las actuales generaciones jóvenes cuyo porcentaje en Guatemala es del 80% o más de los adultos y de al menos la mitad del total de la población. No de balde dice el refrán: “quien no conoce la historia (siquiera algo, digo yo) está condenado a repetirla”. En Guatemala no se ha repetido la historia, porque no se ha permitido conocerla.

Cuando mis amigos me preguntan si me hubiera dedicado a otra cosa, respondo un no clarísimo. Aprendí el periodismo con el sencillo y valiente ejemplo de mi padre, Mario Sandoval Figueroa, quien me enseñó a respetar la historia, el lenguaje, y a tratar de enseñarlo a nuevas generaciones. Todo eso lo hice hace diez lustros en las viejas y goterosas instalaciones de la Prensa Libre de los sesentas, y lo recuerdo con especial cariño, sobre todo ahora, cuando él se embarcó en el viaje eterno. La lucha actual para beneficio histórico del país se está peleando con otras armas, pero no triunfarán mientras los periodistas tengan el valor y, si se quiere, la arrogancia de hacer bien un trabajo convertido en apostolado. Me encantaría celebrar al menos 75 años…