Aleph

“Quien pinta pared y mesa…”

Carolina Escobar

Lo único constante es el cambio, repetimos una y otra vez, recordando a Heráclito. Sin embargo, en realidad lo único que es constante es la tensión que se da entre lo nuevo y lo viejo, entre lo establecido y lo que se atreve a cuestionarlo, entre lo “normal” y lo que se sale de esa norma, entre lo que está ordenado de una determinada manera y lo que trata de reordenarlo de otra.

El movimiento de mujeres y las feministas en todo el mundo han venido cuestionando, durante los últimos casi tres siglos, un orden que tanto Gerda Lerner como Levi-Strauss, entre muchos teóricos más, denominaron “el orden patriarcal”. Antes, en la época medieval, hubo una Christine de Pizan, poetisa, viuda y madre de cuatro hijos, que sentó las bases de la querelle des femmes, retomada en Francia siglos después. A ella le siguieron Olympia de Gouges en la Revolución Francesa, las trabajadoras organizadas del capitalismo temprano, las sufragistas que nos acercaron al voto y las intelectuales que quisieron, pero no pudieron, entrar a la academia hasta avanzado el siglo XX. Hoy, gracias a ellas, las mujeres estamos en casi todos los espacios. Sin embargo, aún hay muchos pendientes, porque las violencias e inequidades persisten.

No se estaría cuestionando el patriarcado si su legado no fueran la exclusión, el miedo, el silencio y la violencia para millones de mujeres y grupos vulnerables. No se estaría cuestionando si no se hubiera levantado y sostenido sobre creencias como las de los padres del “pensamiento” occidental, que siguen justificando un orden represor para demasiadas mujeres: “La vida de toda mujer, a pesar de lo que ella diga, no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse” (Dostoievsky); “A las niñas no les gusta aprender a leer y escribir y, sin embargo, siempre están dispuestas para aprender a coser” (Rousseau); “En cualquier tipo de animal, siempre la hembra es de carácter más débil, más maliciosa, menos simple, más impulsiva y más atenta a ayudar a las crías”(…) “La hembra es hembra en virtud de cierta falta de cualidades” (Aristóteles); “La mujer no tendría el genio del adorno si no poseyera también el instinto de desempeñar el papel secundario” (Nietzsche); “La mujer, está donde corresponde. Millones de años de evolución no se han equivocado, pues la naturaleza tiene la capacidad de corregir sus propios defectos” (Einstein); “Si, por ventura, alguna mujer quisiera aparecer como sabia, únicamente lograría ser dos veces necia: sería como intentar llevar un buey al gimnasio” (Erasmo de Rotterdam); “Es orden natural entre los humanos que las mujeres estén sometidas al hombre, porque es de justicia que la razón más débil se someta a la más fuerte” (San Agustín). Y podríamos seguir la huella hasta los femicidas contemporáneos que escriben en el cuerpo torturado, mutilado y violado de una mujer mensajes como: “por p…”. Así se ha hecho existir por siglos a las mujeres, porque lo que se nombra existe. De ahí que sea importante que las mujeres —y los hombres— escribamos la historia de otra manera.

En América Latina, el patriarcado tiene su propia versión tropicalizada: el machismo. Hombres y mujeres crecemos en este orden, pero no es igual para ambos. Para nada es un hecho neutro nacer mujer u hombre en países como Guatemala; no se cocina igual el caldo. Las cifras de educación, salud, pobreza, embarazos en adolescentes, violencia sexual, empleo, participación y propiedad lo confirman. De allí que desmontarlo cueste tanto.

Escuchemos el mensaje que este momento de tensión nos está lanzando, entre el orden que ha sido y el que se está reconfigurando. El hartazgo de las mujeres no tiene límites y frente a los cuerpos escritos en clave de violencia se están deconstruyendo incluso sentencias como “quien pinta pared y mesa, blablablabla”. (Por cierto, en un edificio de Buenos Aires decía: “Las paredes son nuestros periódicos”.) Renombremos el orden, y que la paz no venga solo de las buenas costumbres, sino de la conciencia del mundo que anhelamos y del momento histórico que nos toca vivir.