Aleph

Reglas de higiene

Carolina Escobar

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Cuando escucho al presidente de una nación decir que existe una “suciedad civil”, me da por reflexionar acerca de las reglas de higiene que definen un Estado. Se me vienen a la mente el jabón y el agua, por supuesto, pero también palabras, nombres y expresiones como lavandería, podredumbre, limpieza social, corrupción, lodo, manchas, doble moral y Poncio Pilatos. Hasta me recuerdo del persistente “te voy a lavar la boca con jabón si seguís diciendo malas palabras”, de nuestras madres. Entonces me pregunto, ¿a quién se refiere un presidente cuando habla de “suciedad civil?”.

Gramsci divide al Estado en sociedad política y sociedad civil. ¿Hemos de entender entonces que el otro-que-no-es-él (porque él pertenece a la sociedad política en este momento) es quien está sucio? ¿El otro es ese bárbaro sucio al que hay que limpiar? En su libro El miedo a los bárbaros, Tzvetan Todorov dice que el bárbaro ha sido visto como ese otro que no habla mi lengua, que no tiene mi ley ni mi moral; ese que es capaz de cualquier atrocidad. Esto aplicaría en muchos sentidos, desde muchos “nosotros”.

El problema es que el Estado de Guatemala es un señor muy sucio, maloliente, descuidado y falto de higiene. Aquí se puede hablar por igual de la suciedad política, de la suciedad civil, de la suciedad empresarial, judicial y militar, entre más. Sin embargo, es precisamente el miedo a esos otros -que Todorov definió como los bárbaros-, lo que hace a algunos hablar tan apurada e irreflexivamente sin valorar el cargo que ostentan.  La dialéctica entre los limpios y los sucios, los buenos y los malos,  tiene una profunda connotación semántica. Lo sucio se asocia a los otros, aunque el nosotros pueda estar o no más manchado. Los otros son una cosa a neutralizar y limpiar, mientras que de mi lado están los buenos valores del grupo predominante, que quieren lograr la paz social a cualquier costo. De ahí que cuestionemos la legitimidad de ciertas palabras que a veces salen tan irresponsablemente de la boca de quienes detentan el poder.

Una persona puede perder los derechos que la sociedad le ha conferido cuando quebranta sus normas, pero jamás debe perder el reconocimiento como persona, como ser humano que es. Tan obvia cuestión ha de ser recordada una y otra vez en un contexto de polarizaciones, violencias armadas, guerras, depredaciones y corrupción que ha sido levantado y sostenido por los más “civilizados”.  ¿O no hemos entendido que una democracia nos necesita por igual a todos y todas, desde nuestros aportes multisectoriales, pluriideológicos e interinstitucionales?

¿Hasta cuándo entenderán la clase dirigente y todas las élites, que las ondas de choque ya no son la respuesta a la necesidad de sociedades más justas y democráticas? En los tiempos que corren, con tanta estupidez manejando los destinos del planeta y de millones de seres humanos, este tipo de expresiones o acciones de choque pueden generar muchos likes en Twitter, pero vulneran terriblemente lo poco de tejido civilizatorio que nos queda, alimentando la la barbarie real. Esa barbarie se nutre de sí misma de la polarización y del odio al otro al quien se desea limpiar. Lo peor de todo es que hoy se produce con la aprobación y la venia de la ciudadanía democrática y progresista. Son justo estas señales de choque las que le dan alas a la expresión de las identidades extremas, violentas y resentidas de todos los lados del espectro, vulnerando el estado de Derecho.

“Si mi doctrina me dice que hay que tratar al otro como a un sujeto, comparable al sujeto que soy yo, entonces nada justifica que me reserve una posición de privilegio en mi discurso, ayudando por un vocabulario hiperespecializado o por una sintaxis alambicada …  Escribir con la mayor claridad posible es una de mis reglas de higiene… Para mí, la máxima claridad en la expresión es una cuestión de ética, de respeto hacia quien me dirijo, es el modo en el que lo coloco en el mismo plano que yo, que le permito responder y por lo tanto convertirse en sujeto de la palabra con el mismo derecho que yo….” señala Todorov en Deberes y delicias. Cada cosa con respeto y por su nombre.