Florescencia

Salvemos nuestra democracia

A los países centroamericanos nos hermana no solo nuestro pasado común, sino también la historia reciente en nuestros intentos de democratización. Dicho sea de paso, intentos fallidos. Y es que lograr la democracia que tanto añoramos requiere la participación de toda la ciudadanía. Es decir, necesita de ti y de mí; de lo contrario, nuestra apatía dará paso a la corrupción e impunidad.

Los malos políticos nos han hecho creer que la política es mala y por eso la mayoría no queremos ver nada con ella. Justamente esa apatía deja el camino libre a los malos políticos a que hagan de las suyas con nuestros impuestos y recursos, e hipotecan el futuro de nuestras hijas e hijos.

Los guatemaltecos aún podemos salvar nuestra joven democracia si, además de votar, participamos en ella. No involucrarnos da pie a retroceder a las dictaduras. Cabe recordar que Guatemala ha pasado más de una cuarta parte de su vida, desde su “independencia”, y más de un tercio desde su fundación como república (1847) bajo dictaduras: 18 años (1844-1848, 1851-1865) con Rafael Carrera; 12 años (1873-1885) con Justo Rufino Barrios; 22 años (1898-1920) con Manuel Estrada Cabrera; y 14 años (1931-1944) con Jorge Ubico.

Sin ir lejos, hoy vemos a nuestra hermana Nicaragua, donde Daniel Ortega se ha convertido en dictador. Al ver el desinterés de la gran mayoría de la ciudadanía en la política persiguió a sus opositores, se aprovechó del pueblo y hasta puso a su esposa, Rosario Murillo, de vicepresidenta del país. Y hoy que las elecciones se acercan, el dúo presidencial repite la opresión. Los nicaragüenses valientes que se levantan a exigir su derecho a participar en un proceso democrático están siendo encarcelados y perseguidos por Ortega y Murillo —catalogados como dictadores por Los Estados Unidos de América—. El régimen está eliminando a sus opositores para ser los únicos participantes en las elecciones y así simular una democracia.

Lo que sucede en Nicaragua debe interesarnos y ponernos en alerta. Es una clara señal de los riesgos de las democracias débiles. Es el peligro latente de retroceder al pasado si no trabajamos por fortalecer la institucionalidad democrática, por construir una ciudadanía verdaderamente activa para lograr que el progreso equitativo llegue hasta el último rincón de Guatemala.

Todos sabemos que en Guatemala nuestra democracia es débil. A nivel electoral, hasta ahora, no todos tenemos la misma facilidad de acceder a las urnas. Por ejemplo, alguien que vive en una aldea aún debe caminar horas para llegar a un centro de votación, comparado con algún residente de la zona 14 capitalina, que solo tendrá que caminar unos cuantos minutos. Esta desigualdad debilita el sistema democrático y facilita el surgimiento de líderes de corte autoritario. Ya de por sí estamos ante un régimen dictatorial disfrazado de democracia. Vemos cómo pequeños grupos políticos y económicos protegen sus intereses, y a través de alianzas partidarias en el Congreso han sellado el denominado pacto de corruptos, han cooptado el sistema de justicia y eliminaron los contrapesos.

Conciudadanos, nuestra democracia se nos escurre como agua entre los dedos. Para salvarla, el paso más importante es votar y luego velar por que cualquier gobierno tenga como centro de su interés al pueblo. Podemos convertir esta crisis política en una oportunidad, organizándonos y participando en política activamente. Solo la participación hará posible un nuevo pacto social que devuelva al pueblo el poder de tomar decisiones.
Tengamos presente que el mayor problema de la política es que personas honradas—como tú y como yo, no participamos en ella. La política en manos de personas buenas es la vía más asertiva para lograr un progreso equitativo.