Catalejo

Se debe regresar a los valores milenarios

Mario Antonio Sandoval

Comenzó la campaña electoral y, básicamente, es más de lo mismo. Entre un grupo cada vez más grande de ciudadanos avanza el criterio de la necesidad de cambios fundamentales, pero es evidente la imposibilidad de lograr nada para estas elecciones, por la cortedad del tiempo y sobre todo porque la presión social para lograr esos cambios aún no es lo suficientemente grande a causa del extendido criterio de no poder hacer nada. En estos comicios participarán personas con buena intención, pero por desgracia desconocidos para lograr el voto, de hecho, un beneficio exclusivo de quienes son conocidos, aunque sea por ser parte de la actual tragedia nacional generalizada. Cuando se analiza con frialdad los cambios a las leyes se constata el beneficio a unos pocos.

Es clara, entonces, la necesidad de buscar cambios basados en ideas, criterios y valores eternos, milenarios, otorgados por los filósofos integrantes del equipo de pensadores de la civilización occidental. Es falsa la creencia de la caducidad de lo expresado por Sócrates, Platón, Aristóteles y otros muchos. A este respecto me parece interesante el artículo escrito por Javier Ruiz, de quien no tengo ninguna información adicional, y publicado el lunes en elPeriódico. Su idea básica es la necesidad de dejar de fijarnos únicamente en la realidad, y regresar a la búsqueda del deber ser. Es decir, de aquello basado en sólidos principios filosóficos, porque los valores actuales son antivalores y su exagerada aplicación nos ha llevado a esta realidad necesitada de cambios.

Platón no aceptaba la democracia, porque consideraba un error darle una opinión a todos los miembros de la sociedad a causa de sus diferencias de educación y de capacidad de raciocinio. Para él, el gobierno debe ser otorgado a los filósofos porque, en términos actuales, no piensan en la próxima elección, sino en la próxima generación. Javier Ruiz en su artículo señala el significado griego de términos como oligarquía, y considera a la democracia como “el último estadio de gobierno antes de la tiranía”, porque se corrompe. El de Guatemala es aplicable: los avances a un régimen tiránico son clarísimos y se manifiesta por leyes retrógradas y por limitaciones a la participación, irónicamente escondida en una explosión de partidos y aspirantes sin posibilidad alguna.

Estos filósofos señalan la necesidad de un cambio en el ser humano basado en esto, a mi juicio: hay una necesidad de comprender quién es en realidad la persona aspirante a algún puesto, cuál es su educación, su trayectoria, para de esa manera reducir las posibilidades de una tragedia como la sufrida por los guatemaltecos en las elecciones del 2015, cuando se vio obligado a escoger entre lo peor y lo “más peor”. Escogió lo peor y los inevitables resultados están a la vista, pero con la seguridad de hasta cierto punto no tener responsabilidad, porque ante la alternativa no hubo opción. Votó gracias a la esperanza abierta por una promesa falsa, ejemplificada desde el mismo momento de aceptar a cuanto tránsfuga se le pusiera enfrente. A partir de entonces, la debacle.

La lucha por el cambio debe empezar, pero con la meta de las elecciones del 2023. El camino es largo y se deben avanzar los proyectos de gente nueva o con experiencia política positiva y acciones beneficiosas comprobadas. Aun si ganara la presidencia un candidato positivo, se verá imposibilitado de actuar por la forma como inevitablemente también quedaría integrado el Congreso, hoy convertido en trinchera de malandros. Tener claro esto me parece fundamental, y por eso la búsqueda de esos principios filosóficos milenarios debe ser realizada, porque en Guatemala diversas mediciones califican como el mejor presidente a Juan José Arévalo, un doctor en Humanidades, concretamente en Pedagogía, materia fundamental para el cambio en la ruta para llegar a la ansiada meta.