Catalejo

Serenidad y balance como definición política

Mario Antonio Sandoval

A consecuencia de lo ocurrido en Sudamérica, ha llegado el momento de aplicar dos calificativos hasta ahora alejados de la definición de ser seguidor de una política o una teoría económica: serenidad y balance. El primero implica pensar de manera apacible, sosegada, sin turbación emocional o psicológica. Balance, en su sentido de analizar las circunstancias y factores de una situación, para tratar de prever su evolución. En otras palabras, tener lógica, colocarse en los pies del otro, con la meta de encontrar algo lo más parecido a un equilibrio. Si se dice, yo soy de derecha o de izquierda, pero se le une el concepto “serena” y “con balance”, se eliminan muchas de las razones de ver como enemigo a quien solo es adversario por la manera distinta de pensar.

Lo mejor es, obviamente, lograr estas cualidades en todos los ciudadanos, pero eso resulta ilusorio. Se debe empezar con las élites política, económica, académica, religiosa, etcétera, para convencer a los demás gracias al ejemplo. El ser humano de hoy en día tiene la capacidad de destruir a su planeta o hacerlo invivible, con los cual perdemos todos. La necesidad de actuar en beneficio personal, pero sin olvidar el de la colectividad, deja de ser solo un imperativo moral y se convierte en una necesidad para la supervivencia humana. Un ejemplo fácil de entender es la contaminación del aire. Mientras más pronto esas élites lo comprendan y comiencen a tener efecto en todos, el mundo podrá ser un lugar donde valga la pena la vida de los seres humanos.

Toda experiencia de vida, personal, comunitaria o de países conlleva una lección. Aplicar criterios e ideas en forma maniqueísta, es decir, esto es cien por ciento bueno o cien por ciento malo, sin puntos intermedios. La realidad social no se presenta en esa forma simplista y por ello la aplicación en esa forma de las ideas políticas y económicas, sobre todo, conlleva de manera fatal, incambiable, a un desastre. Lo ocurrido tanto en Chile como en Ecuador, dos países con criterios políticos y económicos diversos y contradictorios, constituye, a mi juicio, una nueva prueba de esto y obliga a repensar en cómo se deben aplicar. Aristóteles otorga la respuesta con su milenario pensamiento: en forma gradual y colocándose en una distancia entre dos extremos.

Chile es uno de los países económica y socialmente más avanzados del continente latinoamericano. Ecuador no lo es tanto, pero en su caso es irreflexivo no tomar en cuenta la realidad de la mayoría indígena de la población. En pocos días, los mandatarios Sebastián Piñera y Lenín Moreno, respectivamente, debieron dar marcha atrás a sus planes, porque a pesar de los dictados de las teorías económicas, el efecto en la vida de los ciudadanos se convirtió en una chispa imparable sin convertir a los países en depósitos de sangre. Hicieron bien en retroceder, porque fue una retirada estratégica y ahora deben comenzar un nuevo camino, paso a paso, no salto a salto. No se trata de derrota, sino de sentido común para lograr fines necesarios pero impopulares.

Creo necesario pensar en los efectos de esas situaciones inesperadas o salidas de control, porque se convierten en lecciones no solo para los países donde ocurren, sino para aquellos donde, en un lapso breve o mediano, se podría sufrir una situación similar. Las manifestaciones populares fueron manchadas por la destrucción y el vandalismo. Por allí se colaron los intereses de grupos con fines inconfesables, ya sea para implantar ideologías caducas o para llevar a los países a un fondo similar a donde se encuentra la desventurada Venezuela, cuya situación actual es el resultado de muchos años de una clase política caída en el vandalismo económico y en el abuso del poder, con la absurda creencia chávez-madurista de poder engañar a todos todo el tiempo.