Aleph

Sin historia, sin memoria, sin futuro

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

Leyendo el libro Voces de Chernobyl, de Svetlana Alexiévich, me queda claro que los desastres siempre nos toman por sorpresa. El miedo llega después. No importa si antes nos advirtieron del peligro, no importa si es un incendio, una erupción, una bomba atómica, una masacre, un golpe de Estado o el secuestro paulatino del Estado; el miedo nunca aparece de inmediato, sino cuando lo vivido pasa por el cuerpo y se nos instala en él. Como cuando aquella mujer me dijo, años después de la guerra que se llevó a toda la familia, que “la tristeza se le había puesto en el cuerpo y por eso se enfermaba a cada rato”.

Por un par de generaciones, el sistema de alerta se mantiene activo y nos avisa ante posibles hechos como los vividos, hasta que volvemos a olvidar. Entonces se desactiva el miedo, hasta el siguiente desastre. Para eso sirve contar, escribir y documentar, para que recordemos más tiempo el tamaño de nuestros miedos y sus principales detonantes. Para eso sirven la memoria, los libros de Historia (la “otra”, no solo la oficial) y los archivos. Para hilar nuestro relato personal y de país, para reivindicar la muerte sobre la vida y para no engañar a la memoria cuando el dolor se ha olvidado.

En Guatemala tenemos un Archivo Histórico de la Policía Nacional (AHPN) que contiene 80 millones de folios acumulados desde 1882 hasta 1997. Veinticinco millones de esos documentos, correspondientes a los 11 años más violentos de la guerra (1975-1986), ya fueron digitalizados. Esos y los restantes documentos pasaron de estar humedecidos, enmohecidos, desordenados, apilados y abandonados a la suerte, a ser ordenados y digitalizados por personas especialmente formadas para ello, y a conformar hoy un patrimonio documental nacional invaluable, gracias a su importancia jurídica, histórica, social, cultural y científica. Hoy, el AHPN forma parte del patrimonio documental de la humanidad y se suma a otros como el Archivo del Terror hallado en Paraguay en 1992 o el de la Stassi, en Alemania. Su hallazgo fortuito en 2005 hizo emerger miles de historias cotidianas sucedidas en un periodo de 115 años, pero también miles de historias de una época de terror.

Esto me hace recordar que cuando el AHPN surge en aquel tenebroso lugar bautizado como La Isla, es Carlos Vielmann, entonces ministro de Gobernación y luego ligado a proceso por delito de tortura en el caso Gavilán, quien dijo: “Para qué perder el tiempo en ese montón de papeles viejos”. Hoy, su actual homólogo, Enrique Degenhart, busca modificar el acuerdo ministerial 24-2009, que delega en el Ministerio de Cultura y Deportes el cuidado del AHPN, y ponerlo todo a cargo de su ministerio. Algo así como poner a Drácula a cuidar el banco de sangre.

Con el hallazgo del AHPN, varias cosas se movieron en Guatemala. Antes solo había cinco archivistas calificados, hoy contamos con más de un centenar de ellos, formados profesionalmente para desempeñar su labor. Fueron años de trabajo, aprendizaje y análisis bajo la asesoría directa de la más experta archivista del mundo, la Dra. Trudy Huskamp Peterson, los que dejaron en Guatemala una nueva generación de archivistas, mujeres y hombres capacitados para responder a las necesidades de esclarecimiento y justicia de un sinfín de casos de violaciones a Derechos Humanos. Supimos por el AHPN que nuestro país estaba sembrado de huesos. Y todo este esfuerzo se vio robustecido con apoyos como el de Kate Doyle y los National Security Archives, entre otros. Hoy, el AHPN es el archivo más grande de América Latina y cuenta con un equipo y un conocimiento que permiten digitalizar dos millones 800 mil folios por año.

Tenemos en el AHPN una memoria viva, un lugar de conocimiento. Que el desastre no nos tome por sorpresa, porque como sociedad aún tenemos memorias de violencias que no se van. El AHPN es un patrimonio nuestro, y si algo queremos que salga de allí son las rutas de reconciliación y verdad que nos merecemos.