Catalejo

Sismo mundial contra todas las oligarquías

Mario Antonio Sandoval

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El nuevo orden mundial implícito en la guerra de aniquilación anunciada por Rusia contra Ucrania, ha implicado una nueva revolución en el pensamiento de todo el mundo. En Rusia estas derivan directamente del reparto de empresas estatales a amigos convertidos en oligarcas. El mismo Vladímir Putin se ha convertido en solo veinte años en uno de los más fríos oligarcas del mundo, con el agregado de poner a Europa a medio paso de una confrontación nuclear, aunque eso lo convierta a él y a su país en un paria entre los parias. El ataque a la planta nuclear de Zaporiyia, la más grande de Europa, es muestra de notoria megalomanía y de rechazo a aceptar su error: no puede enfrentarse a todos al mismo tiempo, ni menos a inesperados defensores de su país.

Hasta hace poco, la palabra oligarca aplicada a los multimillonarios rusos era considerada por algunos miopes círculos económicos del mundo occidental un halago. Pero la hoy exacerbada revolución de pensamiento le ha dado la razón a quienes desde hace mucho tiempo han considerado criminales los amasamientos de fortunas monstruosas cuando estas provienen del amiguismo. Putin se volvió “creamultimillonarios” al repartir entre su clica cercana desde su llegada al poder. Las dimensiones geográficas de Rusia crearon botines listos para ser repartidos a la “clica” de la dirigencia estatal. Se creó esa oligarquía de lujos fuera de toda proporción en el mundo donde la riqueza es resultado del trabajo, aunque en ocasiones también ha implicado alianzas con los políticos.

La palabra oligarquía tiene en nuestro certero idioma español dos significados claros: a) “Forma de gobierno en la cual el poder supremo es ejercido por un reducido grupo de personas que pertenecen a una misma clase social”; b) “Conjunto de algunos poderosos negociantes que se aúnan para que todos los negocios dependan de su arbitrio —es decir, la voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito o capricho—”. Por ello la palabra tiene una implicación negativa e implica maldad. Los oligarcas rusos apenas hace apenas veinte años eran simples empleados de un sistema burocrático opresivo, basado en la vergonzosa obediencia al partido. Y por eso mismo su forzado exilio de regreso a su tierra los saca de ese mundo propio de lujos causantes de asco, como inodoros de oro puro en sus palacetes. Algo irracional y vergonzoso.

No todo multimillonario es oligarca, pero todo oligarca es multimillonario. La equivocada noción en el mundo occidental capitalista de no fijarse en el origen de las fortunas, cada vez se nota como una falla. En los países subdesarrollados los oligarcas también están relacionados con sus contubernios para favorecerse vía evadir impuestos, participar en el oscuro submundo de las drogas, formar “partidos” de papel e incrementar la participación de supuestos “líderes”. Por eso son oligarcas todos los integrantes del Pacto de Corruptos, los exfuncionarios con cambios de vida inexplicables y evidentemente debidos a la corrupción. Esta origina la oligarquía, caracterizada por su mal gusto.

Las privatizaciones derivadas del supuesto fin del comunismo en Rusia tienen además un mal adjunto: dar un mal significado a la entrega de tareas u obras estatales a grupos privados. En Guatemala, esas privatizaciones han significado un servicio peor o igual de malo porque el Estado no tiene o sus integrantes no quieren usar su fuerza para salvar los derechos ciudadanos. Los poderes del Estado guatemalteco están cooptados y sus dirigentes, como en el Ministerio Público, la Corte de Constitucionalidad, la Corte Suprema y el Tribunal Electoral están prestos a burlarse de las leyes y a castigar a los jueces probos, atacados por motivos supuestamente ideológicos. La limpieza de los oligarcas y la rendición de cuentas son hechos obligados para sacar del fango a Guatemala.