Ventana

Sol quieto

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

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Solsticio viene del latín “solstitium”, que significa sol quieto. En nuestro mundo contemporáneo, este evento celeste pasa desapercibido. ¿Qué significa? El 21 de diciembre ocurre el solsticio de invierno en el Hemisferio Norte. Eso significa que la inclinación del eje norte-sur de la Tierra, 23,4 grados hacia el Sol, produce que diferentes cantidades de luz solar lleguen a distintas regiones del planeta. Este día, el más corto del año y la noche más larga, el sol alcanza su máxima declinación (está más lejos) respecto del ecuador terrestre. Marca el fin del otoño y la llegada del invierno. Antes de iniciar su regreso, parece que el sol se queda suspendido un segundo, como muerto, “memento mori”, frase latina que nos recuerda lo fugaz de la vida. Las civilizaciones antiguas celebraban con fogatas el mito del regreso del sol. Simbolizaba el triunfo de la luz sobre las tinieblas, que formaba parte del ciclo de la muerte y el renacimiento en la naturaleza. Para la Iglesia Católica, estas fechas conmemoran el renacimiento de la luz y la esperanza en el mundo, con el nacimiento de Jesús de Nazaret, el 25 de diciembre. Los solsticios, como los equinoccios, son acontecimientos del sol relacionados con la Tierra. Son una “danza cósmica” que crea el equilibrio de toda la vida en el planeta, incluyendo nuestra vida humana. ¿Cómo no celebrarlos?

La cultura maya prehispánica sobresalió por su profundo conocimiento sobre estos eventos siderales que consideraba sagrados. Los mayas fueron astrónomos geniales. Sus ciudades abiertas fueron diseñadas para “espejear el universo”, susurró el Clarinero. Sus templos, estelas, entierros, todo fue debidamente orientado, de acuerdo a las cuatro esquinas del mundo y las estrellas. Nada fue construido al azar. Hoy comento dos sobresalientes ejemplos. 1. El Templo III, en Tikal. Guardo unas bellísimas fotografías tomadas por Rolando Amado, que muestran cómo cada 21 de diciembre el sol sale directamente sobre la crestería de este magnífico templo. La luz dorada del sol entra de lleno por su única puerta. Es importante aclarar que el maya antiguo consideraba sus pirámides como “montañas sagradas”. Evocaban el paisaje de nuestros volcanes y montañas, por donde registraban el tránsito de Kinich Ahau, el Dios Sol.

El segundo ejemplo se encuentra en Tak’alik Ab’aj. Me refiero al altar 46, donde se halla el observatorio astronómico del sitio. Hasta el momento es único en Mesoamérica. Este altar es una roca simple, con la superficie alisada, donde fueron esculpidas maravillosamente dos huellas de pies talla 38. “Si una persona se para en esos piecitos”, me explicó la arqueóloga Christa Schieber de Lavarreda, “siente que su espalda se alinea, y le obligan a mirar hacia adelante, en una dirección 115 grados noreste, que corresponde al punto exacto donde nace el sol sobre la cadena volcánica el 21 de diciembre, día del solsticio de invierno”. Para comprender la función de este altar, que data cien años antes de Cristo, es preciso imaginarnos un cocodrilo, que representaba la corteza de la Tierra y expresaba la concepción de un mundo que está vivo y navegaba en las aguas primordiales. Tak’ Alik Ab’aj está enmarcado por la cordillera de la Sierra Madre. El símil del dorso del cocodrilo encaja con este horizonte. Si cada tres meses nos “ponemos en los pies” del astrónomo, en el altar 46, observaremos, en el horizonte volcánico, que “el cocodrilo se mueve” porque el Dios Sol nacerá en un punto distinto al del 21 de diciembre. Esta es una metáfora encantadora del maya que nos recuerda la profusa vitalidad que le concedieron a la Tierra. Para comprender el profundo significado de ver al cocodrilo como la Tierra viajando por el universo, es necesario que cambiemos el punto de vista desde donde nos vemos. Si nos vemos desde el sol, como es nuestra costumbre desde que Galileo interpretó el movimiento de los astros como una máquina, no será posible que el cocodrilo se aparezca. Pero si estamos con los pies en la Tierra, el cocodrilo aparecerá y sentiremos que lo que nos tiene vivos es ese viaje de vida y muerte que ocurre precisamente cuando el 21 de diciembre todo termina y vuelve a comenzar otra vez. ¡Feliz Navidad!