Catalejo

Sólo se comprobó cuán mal se encuentra

Mario Antonio Sandoval

Muchas veces las encuestas políticas entregan datos sorprendentes acerca de los principales personajes. Otras solo comprueban las percepciones de los ciudadanos comunes, de grupos de presión o de instituciones del país. Esto último es el caso del presidente Jimmy Morales, quien en la medición de Prensa Libre y Guatevisión publicada el lunes pierde en todos los segmentos medidos, y lo mismo ocurre al gobierno. El promedio nacional negativo del mandatario es de 55%, y es un empate técnico a causa del margen de error, en todos los grupos de edades (18-24 años, 25-34 años y 35+ años). De las mujeres lo rechaza el 55%, y 53% de los hombres; lo mismo ocurre con el 78% del grupo socioeconómico BC1; 60% del C2- C3 y 53% del D.

Respecto al gobierno, los resultados también son demoledores. En la región metropolitana el 69% lo considera malo; en el interior urbano, 55, y en el rural, 53. El 49% no cree nada cuando escucha al presidente y el 43 le cree algo. Para el 81% no está haciendo una buena labor. Para el 90% no ha cumplido sus promesas de campaña. La efectividad de la frase “ni corrupto, ni ladrón” le abrió muchas puertas, incluso a quienes no votaron por él, sino en contra de Sandra Torres. En estas condiciones, resulta un chiste de mal gusto la defensa del vocero presidencial, para quien “se ha mejorado en salud, educación, transparencia y desarrollo”. Parece haber olvidado cómo a pocos días del inicio del gobierno los tránsfugas convirtieron a la bancada oficial en una de las más grandes.

Todas estas cifras se deben a la manera como se ha comportado prácticamente la totalidad de quienes integran instituciones gubernativas en este momento disminuidas casi a cero en las percepciones ciudadanas. Los caminos del país, las escuelas, los hospitales, por ejemplo, demuestran con solo verlos el deplorable estado del Estado guatemalteco, así como la poca o nula responsabilidad de la mayoría de sus integrantes, aunque hay excepciones, pero son eso: excepciones. Estos resultados tan negativos reflejan el sentimiento de frustración y de desesperanza de muchos guatemaltecos, traducido en la continuidad de las emigraciones hacia el norte, cuyo futuro parece igual al presente, a pesar de las amenazas y malos tratos recibidos en la frontera sur estadounidense.

Es muy cuestionable el criterio de ver a la falta de políticas de comunicación como el motivo de estas cifras negativas. La propaganda (es decir, la “publicidad política”) de nada sirve si la gente no ve avances, y en cambio, sí se entera y puede observar los retrocesos. Un caso emblemático es el de las carreteras, cada vez más abandonadas, con el agravante de en algunas ocasiones ser inauguradas obras y reparaciones antes de su finalización. Otro ejemplo lo constituye la penosa actitud del gobierno y del presidente en casos como los emigrantes guatemaltecos, abandonados a su suerte, acompañados de un silencio oficial cuya razón es una manera de lisonjear al presidente estadounidense. La realidad, en estos tiempos de las comunicaciones instantáneas, se impone.

Los resultados de toda encuesta para medir la popularidad de un mandatario y de su gobierno, por lo general tienen efecto en los siguientes comicios. Si los resultados son positivos, ayudarán al aspirante oficial. Si no lo son, influirán en la derrota. Ese ha sido el caso de la totalidad de gobiernos electos en Guatemala desde 1986. La desconfianza en la política, indudable, resulta de la desconfianza en los políticos y por eso quienes participan en estas lides, si bien pueden despertar esperanzas —y algunos nuevos en la política lo han hecho— impiden la continuación del gobierno, y el sustituto cae en el error o tiene la consigna de destruir lo realizado por el anterior. Así es imposible el avance del país. Lejos de ello, se logra el retraso, como ocurre ahora.