Catalejo

Termina primer acto de la tragitelenovela

Mario Antonio Sandoval

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El Tribunal Supremo Electoral, o sus ruinas, terminó el primer capítulo de una “tragitelenovela”, nuevo término para describir lo ocurrido desde varios meses anteriores a las elecciones del 16 de junio. No es una tragicomedia, porque esta mezcla la risa con el dolor, mientras las telenovelas actuales hacen eso con la incredulidad, lo grotesco, lo increíble, lo absurdo, la declaratoria de ganancia de dos candidatos recipiendarios del favor del gobierno y de sectores famosos porque consideran al rompimiento y a la burla de la ley como arma política válida dentro de la práctica de la política. Mientras, los ciudadanos observan con suprema molestia el derrumbe del TSE, y hacer de forma apresurada la declaratoria terminan de destruir la credibilidad del sistema y logran un atraso de décadas.

Las elecciones se encuentran a 18 días de distancia. En ese lapso continuará una campaña suya suciedad salió a la superficie con los insultos generalizados a los participantes, provenientes de grupos relacionados con los escogidos, así como de otros partidos y de grupos interesados en desordenar y desprestigiar el proceso. A esto último el TSE contribuyó con fuerza —se debe insistir. Considero indispensable un pacto de limpieza entre esos escogidos, el cual debe incluir la promesa de calmar a sus seguidores y a fomentar la participación, un hecho muy complicado en las áreas extraurbanas, a causa de las dificultades de transporte y de falta de interés porque los alcaldes ya fueron electos y, de todos modos, los candidatos al ser presidentes se olvidan de ellas.

Es buen ejercicio comparar las dos elecciones previas. En el 2015 había 7,556,000 inscritos. Votaron 5,390,000 (71%.) Los votos válidos fueron 4,802,000. En la primera vuelta, Morales obtuvo 1,167,000 (24%.) y Torres logró 967,000 (19%). En la segunda, Morales recibió 2,393,000 (casi el doble), equivalente a 65%, y Torres recibió 1,261,000 (30% más, equivalente al 35% del total de votos válidos). Este año el número de votantes ascendió a 5,040,000, es decir un 5% más de los del 2015. El primer lugar lo tuvo Sandra Torres, con 1,112,000 votos, 25.42% de los válidos, y Giammattei logró 608,000, es decir, 359,000 votos menos de los de Torres en la primera vuelta de las anteriores elecciones. Estas cifras fueron obtenidas de informes oficiales del TSE.

Con estos números, la victoria de Torres parece fácil. Pero no lo está tanto, a mi parecer. Los votos sufragados por los ciudadanos, de los sufragios nulos o blancos y de quienes no se molestaron en ir a las urnas, alcanza una respetable suma de 52%, es decir alrededor de la mitad. El voto urbano y metropolitano alcanza una importancia mayor y es el más grande territorio hostil a la UNE. Por otro lado, el voto uneísta es disciplinado y tiene la característica de aceptar el mando verticalista. Ya las alcaldías de algunos partidos se han comenzado a cambiar de bandería, por convencimiento, sentido práctico, temor o corrupción. Es una prueba de la cortísima vida de los llamados “partidos políticos” en Guatemala y del oportunismo generalizado.

A mi juicio, las condiciones están claras para una nueva repetición de elecciones con votos en contra, para evitar la llegada de quien se considere peor. Esto es una motivación aplicable a cualquiera de ambos candidatos. Creo conveniente reiterar la necesaria exigencia de renuncia del TSE una vez sea declarado el ganador de la segunda vuelta y el país comience a restablecerse de las heridas. Y los ciudadanos necesitan pensar en cómo se debe actuar para comenzar la cicatrización de las heridas, así como de las futuras, causadas por la paciencia de esperar los resultados de un sistema perverso diseñado desde hace unos dos años para apuñalar gravemente a la débil democracia guatemalteca.