Catalejo

Todo cambio necesita de acuerdos políticos

Mario Antonio Sandoval

Guatemala urge de cambios políticos para detener de una vez por todas la ruta al despeñadero. Estos deben ser realizados entre partidos políticos representantes de la mayor cantidad posible de sectores de la sociedad, y a la vez de personajes honorables convertidos en emisarios de esta. No es posible olvidar el basamento ético de los criterios y la decisión inicial de buscar el beneficio de los individuos, tomando poco o muy poco en cuenta el bien de la colectividad, o viceversa. Constituye realmente una especie de revolución silenciosa y serena, basada en la aceptación sin chistar de los efectos imposibles de cambiar y también de defender, en caso se mantenga o empeore un estado de cosas ya imposible, por estar colocado de espaldas a la historia.

Parece complicado, y lo es, pero no es imposible ni utópico. Países como Alemania y España —solo dos ejemplos— lograron las bases de su actual desarrollo e importancia gracias a acuerdos políticos de razones distintas: la peor derrota militar de su historia o el desvanecimiento de una dictadura totalitaria muerta junto con el fallecimiento del caudillo. En ambos casos, de hecho no había agrupaciones políticas, o al menos no tenían fuerza, pero la actitud serena y viendo hacia el futuro de representantes de muchos sectores sociales determinó sentar las bases de la nueva realidad. Tomó dos o tres décadas obtener los frutos principales, representados en el convencimiento popular de los beneficios de ceder en algo hoy con el objeto de ganar en el futuro.

Los guatemaltecos debemos admitir, sin excepciones, la realidad del fracaso de la apertura de partidos sembrada con la nueva Constitución de 1985. Los constituyentes, crecidos y desarrollados en partidos con ideología, fallaron en no prever la tragedia de la absurda multiplicación de entes bautizados como partidos, pero en realidad simples agrupaciones amorfas integradas por seguidores de autoproclamados líderes. El colmo llegó cuando estos grupos colocaron a Dios como una de las fuentes de inspiración, en una actitud blasfema solo explicable por el triste borreguismo de los seguidores, quienes en vista del fracaso de las absurdas aventuras politiqueras recurrieron al cielo para buscar allí fuentes de inspiración de mensajes políticos por excelencia.

La nomenclatura de los partidos es buena muestra. Los constituyentes provenían del Movimiento de Liberación Nacional, el Partido Revolucionario o la Democracia Cristiana, todos con base ideológica. Pero aun entonces apareció el concepto de un centrismo basado en no defender a una posición ideológica o la otra, con la Unión del Centro Nacional. Llegaron después títulos para robar conceptos: Patriota, Líder, Unidad Nacional de la Esperanza (es decir, de “estado de la mente en el cual se presenta como posible lo que deseamos”, según el Diccionario de la Lengua). Otros, para crear palabras en base a siglas: Compromiso, Renovación y Orden; Visión con Valores. Y luego conceptos políticamente vacíos: Fuerza, Todos, Unionista, Gran Alianza Nacional, etc.

Los acuerdos políticos necesitan de políticos, ya lo señalé. Pero ¿es posible calificar así a quienes ahora hacen política en Guatemala, comenzando con quienes presiden el Ejecutivo y el Legislativo, verdaderos fantoches cuyos cargos actuales son ejemplo de nulo merecimiento y de mala suerte para el país. Por aparte, es imposible lograrlo si participan de hecho demasiados de los actuales integrantes del Congreso, fuente de leyes malas y mal intencionadas para el presente de la generación de hoy, así como su futuro y también la vida de las próximas generaciones. Entender la urgencia de realizarlos es básico para detener la inminente caída al precipicio, y requiere entereza y valentía. Es triste y lamentable: nunca tantos en nuestra historia debieron tanto a tan pocos.