La buena noticia

Un alma tenemos

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

La memoria popular en torno al santo Hermano Pedro de Betancur repite un dicho que se le atribuye: “Acordaos, hermanos, que un alma tenemos y si la perdemos, no la recobramos”. Esa frase expresa la convicción cristiana de que la vida humana no solo es caduca, sino, sobre todo, transitoria. Es caduca, pues los seres humanos tenemos solo una oportunidad para vivir. Tener “un” alma expresa la conciencia de que nos jugamos el significado, valor y destino de la vida en una sola oportunidad: la vida no tiene réplica ni posibilidad de repetición. Nuestra existencia no es un “chip” con tantos gigabytes de capacidad, que cuando se llena lo podemos borrar y volver a grabar. No hay una segunda oportunidad. Si perdemos esta, si malgastamos el tiempo que dura nuestra vida, no tendremos la posibilidad de volver a comenzar. Por lo tanto, es necesaria la conversión ahora, para que, si hemos malgastado en el error, el pecado, la corrupción y el mal el tiempo que ya se nos fue, podamos aprovechar de modo constructivo y significativo el tiempo que nos queda aún, los bytes que aún tenemos disponibles en el chip de la vida.

En cuanto a la transitoriedad, la frase supone que vivimos esta vida en función de una meta, de un objetivo. La vida humana tiende hacia otra realidad. El lapso que nos toca, único e irrepetible, debe vivirse, en función de un objetivo. Esa meta es la vida con Dios, que comienza ahora y que alcanza su plenitud después de la muerte. Si la conciencia de que la vida es caduca e irrepetible la puede tener también cualquier persona que piensa, aunque no sea creyente; la idea de que esta vida adquiere sentido cuando la asumimos como tránsito hacia otra más plena con Dios es eminentemente cristiana. De esa convicción surge la urgencia del mensaje del Hermano Pedro: “acordaos”. No nos perdamos y entretengamos en alcanzar metas y objetivos en esta vida a precio de olvidar la meta y el objetivo para el que fuimos creados por Dios. Nos lo recuerda también san Pablo, cuando escribe a los efesios que él reza y pide a Dios que los lectores “comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros”.

Esta pandemia que atravesamos ha puesto en evidencia las enormes desigualdades en la población para el acceso a recursos vitales, la importancia de la actividad económica en la construcción del bien común, las inexcusables deficiencias del sistema hospitalario y el de salud, la precariedad de los sistemas educativos y de seguridad. Pero esta pandemia también ha puesto en evidencia la fragilidad de nuestros planes personales y políticos, la fugacidad y vulnerabilidad de la vida, la urgencia de una roca firme que nos permita vislumbrar el futuro más allá de la muerte. Es por eso inadmisible que las actividades religiosas hayan sido relegadas a la categoría de no esenciales y es alarmante que nadie haya protestado. Ya se oyen palabras que hablan de una próxima rehabilitación del culto con alguna presencia de personas. ¿Será que, observando adecuadas restricciones higiénicas, habrá más riesgo de contagio por celebrar la liturgia con algunas personas en la iglesia que por ir al mercado? Y la gran pregunta: ¿Será posible la nueva normalidad sin contagio generalizado e incontables muertes? Sé que no soy inmune ni a uno ni a otra. Si pedimos que Dios nos bendiga, no podemos negarle el culto de modo público y participativo, con todas las precauciones debidas. “Un alma tenemos”. Cristo la ha rescatado para sí. En la visión cristiana, la vida no se pierde con la muerte, sino con la ausencia de Dios.