Catalejo

Un nombramiento lógico y muy esperado

Mario Antonio Sandoval

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El anuncio oficial desde el Vaticano del nombramiento de monseñor Gonzalo de Villa y Vásquez, presidente de la Conferencia Episcopal, para ser el Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de Guatemala, constituye un hecho muy lógico y esperado por analistas de la Iglesia Católica. Sorprenden, eso sí, los largos dos años pasados desde la muerte de monseñor Vian y esto puede ser considerado efecto de la parsimonia romana o de la influencia de la nunciatura apostólica. Es el cargo eclesiástico más importante del país, ahora asolado por la pandemia y necesitado de una voz atendible. Porque lo conozco desde hace años, estoy seguro de su desempeño con capacidad derivada de su manera de ser, sus estudios, experiencia académica y apostolado.

Se trata de un sacerdote convencido de su papel. De trato sencillo, agradable, con capacidad de conectarse con personas de todo nivel socioeconómico y cultural. Por 30 años ha ejercido el sacerdocio rural en el área entre San José Pinula y Mataquescuintla, a donde llegaba en moto desde su cargo de Sololá cuando tenía días de descanso. Académicamente, llegó a ser rector de la Universidad Rafael Landívar entre 1998 y 2004, además de decano de Ciencias Políticas. Su lenguaje es directo y claro, cuando polemiza escuchando con respeto al interlocutor. Debate, no ataca. Explica los temas complicados con léxico sencillo. Pertenece desde a la Academia Guatemalteca de la Lengua y esto confirma su vida polifacética derivada de ser jesuita.

Creo necesario señalar las jerarquías eclesiásticas. En Guatemala existen dos arzobispos, el de la Arquidiócesis de Los Altos (Quetzaltenango), a cargo del agustino Mario Molina, y la de Guatemala, cada una con jurisdicción en varios departamentos, dirigidos por un obispo. Entre ambas se puede calificar a la segunda como una “prima inter paris” (primera entre iguales), aunque no haya subordinación entre ambos. El cardenal Álvaro Ramazzini integra la conferencia episcopal, y su voz tiene relevancia, mas no mando, porque el Papa le dio ese cargo. Integra el colegio cardenalicio, o sea el de los asesores personales del Sumo Pontífice. A mi juicio, entre los tres la relación será cordial, aunque difieran en personalidades y algunos puntos de vista.

Sin duda, el nombramiento será aplaudido por algunos y criticado por otros. En el campo puramente religioso y teológico, a mi criterio una de las tareas principales del nuevo arzobispo a partir de su toma de posesión, el 3 de septiembre, será explicar el verdadero sentido de la teología y la necesidad de explicar a todos por qué no tienen ningún sentido verdaderamente cristiano, no solo católico, interpretaciones como la representada por la tan sui géneris “teología de la prosperidad”, pero ese es un tema distinto y merecedor de otros artículos. Otra de sus habilidades es la de saber rodearse de personas con capacidad de discernimiento y experiencia y esto es particularmente importante cuando se trata de la parte política (no politiquera) de un arzobispado.

Ser arzobispo es también un puesto de importancia política, entendida en el antiguo sentido griego del término. Se relaciona con la polis, o sea la ciudad, término posible de sustituir ahora con el de país. En estos tiempos los valores filosóficos se han debilitado o desaparecido y por ello es indispensable regresarlos para obtener el ansiado bien común, con base en la palabra moderada y en la ausencia de extremos y de a veces grotescas simplificaciones. La posición arzobispal incluye el empleo de la palabra precisa y a tiempo. Creo un acierto ese nombramiento papal, pues sabrá cumplir con su tarea adaptada a los actuales tiempos. Y me agrada ver en ese importante cargo nacional a alguien con quien tengo una respetuosa relación desde hace muchos años.