Catalejo

Unidad económica necesita base política

Mario Antonio Sandoval

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La unidad económica necesita base política. Es simple de entender: basta con ver la historia. En un apretadísimo resumen de lo ocurrido en el istmo, al llegar los españoles, por razones geográficas crearon una capitanía general entre el istmo de Tehuantepec hasta Costa Rica, con centro político, cultural y económico en la hoy Antigua Guatemala. Al llegar la separación de España y terminar la anexión a México, Chiapas, Tabasco y Soconusco se quedaron. Luego, por presiones de Inglaterra y Estados Unidos, más las divisiones e intereses de las familias con poder, se hizo la división en cinco países, cuatro de ellos recelosos de Guatemala. Así ocurrió la separación del istmo.

Esos cinco países en realidad nunca tuvieron posibilidad de ser viables, realmente. En los siguientes 50 años hubo esfuerzos fallidos por reunirla, de los cuales el mayor fue el de Justo Rufino Barrios, también fallido. Hoy, la realidad mundial obliga a aceptar la necesidad urgente de apuntalar y renacer los esfuerzos de una unidad económica, iniciados durante los años sesenta del siglo pasado. Pero en vista de la manifiesta incapacidad, falta de visión y voluntad política de gobiernos y otros sectores sociales, la tarea debe ser realizada con toda seriedad y entusiasmo por instituciones privadas, con la diferencia de tener una posición acorde a los tiempos y comenzar con lo económico, sin olvidarse del aspecto político como condición para no fallar.

Por todo ello es laudable lo realizado por la Fundación Libertad y Desarrollo, dispuesta ahora a llevar a cabo el V Encuentro Ciudadano, titulado “Centroamérica, amenazas y oportunidades compartidas; un destino común”, al cual están invitados diez expresidentes del istmo, el Secretario de la OEA, el Presidente del BID, el rector de Incae, varios funcionarios y exfuncionarios estadounidenses. Resulta ser una idea positiva pero con cierta dosis de ilusión si no se hacen los necesarios esfuerzos paralelos en el campo político. No pueden funcionar si en alguno de los países se irrespetan o no existen los principios democráticos necesarios para no convertir a la libertad económica y el libre comercio, por ejemplo, en una actividad divorciada de la política.

Me refiero, por supuesto, a una política no entendida como una lucha politiquera por ganar una elección y colocar en los puestos de gobierno a gentuza, o a aplicar en forma terca y de espaldas a la realidad teorías ideológicas cuyo fracaso ha sido evidente en todo el mundo, incluyendo el continente latinoamericano. Los esfuerzos por afianzar lo económico pueden, si existe la voluntad política, convertirse en fuentes de criterios políticos adecuados, para lo cual, en la mayoría de los casos, es necesario adaptar las leyes, los reglamentos, pero sobre todo tratar de lograr un cambio en la manera de pensar sobre el papel de los individuos como factores de beneficio para la colectividad. No es utopía porque solo se necesita en el istmo aplicar criterios exitosos en otros países.

En la región, el caso de la Nicaragua de Ortega y Murillo es un ejemplo claro. Se trata de una dictadura sangrienta, como la de Maduro en Venezuela. La permanencia de ese tipo de régimen sin duda provocará trabas y valladares a la libertad y actividad económicas. Ya pasaron los tiempos cuando se calificaba de inaceptable por ser dictadura, pero aceptable por permitir negocios al resto del istmo, como lo hizo Somoza en su momento. Menciono este caso porque la unidad económica centroamericana, con su medio millón de kilómetros cuadrados y sus 44 millones de ciudadanos, no es suficiente para atraer capitales foráneos, sin los cuales el desarrollo se atrasará demasiado. Pese a ello, se debe encarar la combinación de retos y se les puede ganar.