La buena noticia

Universalismo cristiano

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

La pretensión del cristianismo de ser una religión universal, para todos los pueblos y naciones, para todos los tiempos y épocas, ¿se funda solo en el mandato de Jesús, que envió a sus discípulos a anunciar el evangelio por todo el mundo? ¿O hay algo intrínseco en el mismo mensaje cristiano que lo hace universal?

La pregunta no es ociosa, pues, desde un punto de vista antropológico, las religiones son fenómenos propios de los pueblos en los que se formaron, son fenómenos culturales. La religión de Israel inicialmente era una religión étnica. Se suele llamar “yahvismo” a su etapa anterior al exilio babilónico —siglo VI antes de Cristo—. En esa etapa, se desarrolla el concepto de “alianza” como estructura teológica de la relación de Israel con Dios. El Dios de Israel se llama YHWH —lo escribo así para respetar la sensibilidad judía de que el nombre divino se intuye, pero no se pronuncia; en su lugar se dice, El Señor—. La fórmula que expresa la alianza proclama que YHWH es el Dios propio de Israel e Israel, entre todos los pueblos del mundo, es la propiedad exclusiva de YHWH. Otros pueblos tendrán sus dioses, pero el israelita debe dar culto solo al Señor.

La crisis del exilio le permitió a Israel dar un paso más. El pueblo exiliado en Babilonia se percató de que YHWH ejercía su poder no solo en Israel. El israelita no estaba lejos de su Dios cuando estaba lejos de su tierra. El Señor puede ejercer su poder y gobierno en todo el mundo, porque es el creador del universo. Pero si YHWH, el Dios de Israel, es el único que hay, entonces él debe ser también Dios para todos los pueblos. Esta apertura hacia el universalismo es un rasgo del judaísmo, la forma de la religión de Israel después del exilio. Es una religión que, además del templo de Jerusalén como lugar de culto, tiene también la sinagoga, en la que se lee la Ley, cuya meditación comienza a ser otra forma alternativa de culto para los judíos que viven lejos del templo. Se comienza a vislumbrar el día en que los pueblos de todo el mundo reconocerán como Dios al único que hay, el de Israel.

El cristianismo concretó la forma de la universalización. YHWH había salvado a Israel liberándolo de la esclavitud egipcia y constituyéndolo como reino independiente y libre en territorio propio. Cuando Israel perdió esa condición y se convirtió en nación sujeta a la dominación de los imperios de turno, apareció la esperanza del Mesías que vendría a restaurar la libertad perdida. En tiempos de Jesús, las principales corrientes mesiánicas esperaban al Mesías liberador de la dominación romana. Sin embargo, Jesús dejó a la responsabilidad moral del hombre la salvación política, es decir, la construcción de una sociedad libre e incluyente y la solución de los problemas temporales que afectan a la humanidad. Él se ocupó de dos cuestiones que ya habían llegado a la conciencia religiosa de Israel: el problema de la implicación de las personas en el mal hasta hipotecar el propio futuro y el problema de la muerte, que quita sentido a todo esfuerzo constructivo en la vida. Jesús reveló el amor de Dios que ofrece el perdón al pecador para comenzar de nuevo. Con su resurrección inauguró otra forma de vida humana junto a Dios después de la muerte y capacitó a sus seguidores para compartirla con él. Como el problema del pecado y de la muerte afecta a las personas de todas las culturas y naciones de todos los tiempos, el mensaje salvífico de Jesús se mostró universal. El cristianismo es la religión propia de una cultura globalizada. Desde su misma naturaleza se presenta como respuesta a inquietudes propias de cualquier persona de cualquier época y nación.