La buena noticia

Vida en plenitud

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

La pandemia del covid-19 ha afectado nuestra capacidad para proyectar el futuro. El porvenir siempre ha sido incierto. Pero la incertidumbre usual siempre ha estado acompañada de otros factores que sustentaban la confianza para planificar. Suponíamos que permaneceríamos vivos y saludables; suponíamos que la infraestructura sobre la que se monta el quehacer financiero, político, comercial, económico y cultural permanecería funcionando; suponíamos que teníamos control de las principales variables que configuran el futuro. Estas suposiciones nos daban confianza para programar. Ahora son inconsistentes.

Ahora no sabemos si nos vamos a contagiar, cómo o cuándo. No sabemos si seremos de aquellos que ni se dan cuenta de que están contagiados, mientras riegan el virus por donde pasan, o si seremos de los que mueren ahogados en un colapso respiratorio. No sabemos si se encontrará una vacuna contra la pandemia o cuándo será aplicable. No sabemos cuánto tiempo podrán seguir funcionando los sistemas de energía eléctrica, de telecomunicaciones, de suministro de agua. Las personas e instituciones que cuentan con ahorros no saben cuánto les durarán para sostenerse, si no hay producción de nueva riqueza por el trabajo. Nos hemos topado con una variable sobre la que no tenemos control. “De esta saldremos juntos”, dicen los anuncios en los medios, con el propósito de sostener el ánimo moral de la población. Pero al escucharlos, es inevitable la pregunta: “¿Será?”. El Gobierno, con sus medidas de confinamiento y prevención, dosifica el número de contagiados y de muertes. Y está bien, pero ¿hasta cuándo? ¿Cuándo comenzará la nueva normalidad que consistirá en vivir con la amenaza permanente del virus?

¿Por qué poner de relieve la incertidumbre actual? Para examinar cuál debe ser la función de la fe cristiana en esta coyuntura y señalar cómo se ha dado un vuelco en la comprensión de la fe. Aunque todavía hay muchos creyentes convencidos de que este tiempo es plataforma para alcanzar la vida eterna y que esa es la función esencial de la fe, otros muchos consideran que la fe religiosa es valiosa, si es útil para buscar la salvación de los males de este mundo, aunque quede en la penumbra la salvación eterna. En tiempos de otras pandemias, los actores primordiales junto a los enfermos eran los sacerdotes, para atender espiritualmente a los moribundos. Hoy los sacerdotes están excluidos de la atención espiritual presencial a los enfermos. La participación de los laicos sanos en el culto, aun en pequeño número, está prohibida. La asamblea litúrgica se ve como foco de contagio y no como lugar donde se genera esperanza en la incertidumbre. La prioridad es salvar esta vida.

Jesús, sin embargo, se presentó a sí mismo como aquel que da vida eterna. “He venido, dice, para dar vida a los hombres, y para que la tengan en plenitud”. Con frecuencia se toma esa frase como motivación bíblica para ofrecer a los pobres una vida digna en este mundo. El empeño es bueno y tiene fundamento bíblico, pero no en ese versículo. Jesús quiso decir otra cosa. Frente a la indigencia, la enfermedad y la muerte, él ofrece la vida con Dios desde ahora y para siempre.

En la incertidumbre presente, junto al esfuerzo sanitario por evitar contagios y muertes, y el caritativo de socorrer a los necesitados, los cristianos creyentes debemos fortalecer la visión que nace de la fe, de que esta vida es siempre transitoria y que la plenitud está en Dios. La preocupación por evitar a toda costa el contagio es razonable, pero pensar que esa debe ser la prioridad remite a segundo lugar el sentido principal de la fe: alcanzar la vida plena con Dios. Es para pensarlo.