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Vida eterna

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

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En las salas de velación y funerales uno suele escuchar expresiones en referencia al difunto como las siguientes: “se nos adelantó”, “ya está en un lugar mejor”, “Diosito se lo llevó”. Estas frases llevan implícita la idea de que el difunto de algún modo pervive más allá de su muerte. Es probable que esas expresiones sean resultado de un influjo de la fe cristiana en la resurrección de los muertos. Pero las expresiones no reflejan la integridad de la fe católica sobre la vida tras la muerte.

Sin duda, la pervivencia del sujeto personal después de la muerte es una suposición indemostrable en sede científica. El ámbito donde ocurre esa pervivencia del sujeto es inaccesible al método experimental propio de las ciencias. Esto no significa que la creencia sea falsa, pues la realidad es más amplia que el estrecho ámbito donde dicho método puede operar. Algunas filosofías antiguas, como el platonismo, postulaban la inmortalidad del alma, espíritus que existían antes de su caída en la cárcel del cuerpo y que volvían a adquirir su libertad de todo lastre material tras su liberación en la muerte. Pero ninguna filosofía contemporánea se aventura por esos derroteros, excepto las de cuño católico. Algunas religiones orientales también tienen entre sus creencias alguna forma de supervivencia personal tras la muerte. La corriente farisea del judaísmo bíblico postulaba la esperanza de una resurrección al final de los tiempos. El cristianismo afirma la fe en la pervivencia de toda persona tras la muerte junto con la esperanza de una resurrección final también corporal, sea para participar en la gloria de Dios o para ser excluido de ella, según la calidad de sus opciones de vida durante la existencia temporal.

Las expresiones que se escuchan en las salas de velación y en los funerales no se ajustan del todo a esa fe cristiana. Principalmente porque a veces se dicen en referencia a difuntos que no fueron creyentes ni cristianos y porque suponen para todo difunto una existencia mejor que la que tuvo en la tierra, con total independencia de la calidad moral de su vida. La muerte parece cancelar la posibilidad de emitir juicios sobre la moral del difunto. Incluso los funerales católicos, cuya función principal era pedir por el perdón de los pecados de los que el difunto no se habría arrepentido adecuadamente, son ahora acción de gracias por su vida. ¡Cómo se le ocurre a usted pensar que el finado tuviera pecados por perdonar!

La fe en la vida eterna como destino para el creyente es la esperanza propia del cristiano, pero está sujeta a condiciones. Es una esperanza que se funda en la fe en Jesucristo y su obra salvadora. Fue él quien estrenó primero para sí mismo un modo nuevo de existir humano, en un cuerpo transformado por la gloria de Dios. Jesús comparte la posibilidad de esa victoria sobre la muerte con quienes creen en él y reciben los sacramentos que comunican la salvación, especialmente el bautismo y la comunión. La fe cristiana en la vida tras la muerte supone el juicio de Dios sobre el difunto, es decir el examen de la calidad moral de su vida, que lo hace idóneo o no para participar de la gloria de la vida eterna y la resurrección final. Es conocida la promesa de Jesús a su compañero de suplicio que reconoció su culpa y manifestó su fe en él como el Mesías salvador: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Planteo esta reflexión para que apreciemos la audacia de la esperanza cristiana que sabe que, para quienes tienen fe en Cristo y viven según sus mandamientos, la vida no se acaba, sino que se transforma. Es algo mucho más serio que las expresiones usuales con que nos damos el pésame en los velorios.