Catalejo

Voto nulo vinculante estimula participación

Mario Antonio Sandoval

El voto nulo ha sido inútil desde 1984 porque no tiene efecto alguno en las elecciones. Reduce el número de votantes y con eso ayuda a la posibilidad de victoria en la primera vuelta, si va acompañado de la reducción masiva de ciudadanos, cansados de la “fiesta cívica” y de ser engañados una y otra vez, por razones diversas. Pero ahora hay un factor nuevo en la ley electoral, y esto causa interés. En caso de una mayoría de votos nulos, debe producirse una nueva elección a los pocos días. Entonces, aunque no se especifica si deberían participar otros candidatos, de todos modos es una prueba del rechazo de la población a la manera como se maneja la política desde prácticamente una generación y media de ciudadanos, nacidos en la era de la democracia electoral, o electorera.

Hasta el momento, la inexistencia de efectos por el voto nulo ha sido un factor para un voto “desganado”, por el “menos peor” de los participantes. Numerosísimos guatemaltecos votaron en contra de Sandra Torres, no a favor de Jimmy Morales: en contra de Carpio, no a favor de Serrano; en contra de Portillo, no a favor de Arzú, y así sucesivamente. Pero al poder demostrar ese rechazo ante la realidad o la posibilidad del pillaje del Estado, aunque la repetición de la votación tampoco sea garantía de una mejora, ello puede ser el motivo de una disminución o de la eliminación del descaro como elemento de la conducción del país, y con ello es posible, solo posible, un mejoramiento del sistema electoral como parte de la democracia.

Creo necesario señalar un ejemplo de la necesidad de decisiones vinculantes en organizaciones políticas. En 1984 se creó con entusiasmo el Parlamento Centroamericano, con la idea de facilitar la unión del istmo, un poco a la manera como funciona el Parlamento europeo. Se obtuvo apoyo del Viejo Continente e incluso tuve la oportunidad de ver una maqueta de su sede, planificada para construirse en Esquipulas. Pero había un error inicial: no tener efecto sus decisiones, por ser simples recomendaciones. Resultado: se convirtió en una carísima cafetería donde políticos van a alargar su inmunidad, y los amiguetes de turno van a gozar de altos sueldos en dólares. Gobernadores de pueblos sin gente, beneficiarios de cuatro años de vacaciones de lujo pagadas por el erario.

Si sus decisiones fueran vinculantes, otro gallo cantaría. Los expresidentes, aunque sean los centroamericanos, pueden aportar ideas. Lo digo en serio, no como humor negro. Por eso, dar a los votantes guatemaltecos la posibilidad de obligar a una especie de “tercera vuelta” es un elemento de posibilidades positivas. Tiene además el beneficio de ser visto como una decisión dirigida a aumentar la participación ciudadana. En cada elección, para mí es muy satisfactorio ver la participación de ciudadanos voluntarios, siempre con un sincero deseo de colaborar en algo de todo lo relacionado con los procesos electorales. Esta participación se puede acentuar con medidas de este tipo, independientemente de la importancia otorgada por algunos miopes.

Estas elecciones tienen un reto: mantener y ojalá aumentar el porcentaje de participantes, con lo cual es posible, además, disminuir la distancia entre quienes ocuparon los primeros dos lugares, así como el de los primeros cinco, donde, según lo dice la historia de los últimos 35 años, se encuentra una cifra cercana al 80 por ciento de los sufragios. La calidad de atípico de estos comicios se puede convertir en el fin de la primera etapa de este proceso histórico de tres décadas y media, para iniciar un segundo, sin necesidad de cambios a la Constitución, peligrosos debido a la calidad de los integrantes del Congreso de hoy en día. Los caminos a veces son zigzagueantes pero pueden llevar a buenos lugares, y eso debe tomarse en cuenta para detener la actual tragedia de la politiquería chapina.