Aleph

Y volver, volver, volver a la normalidad

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

La normalidad es, para muchos, la Guatemala que teníamos antes del 2015, cuando todo se sabía pero nada se sabía, cuando los trapos más oscuros se fabricaban y lavaban en impecables oficinas, cuando la pobreza se calmaba rezando y la justicia solo tocaba a los que no tenían pedigrí. Como el perro que da vueltas sobre sí mismo antes de volver a echarse, y luego de cuatro años que nos hicieron regresar décadas en nuestra intención democrática, hemos vuelto a esa normalidad. No es fácil pasar del Estado finquero a la democracia, cuando prevalece la mentalidad colonial.

Particularmente, no esperaba nada de estas elecciones, porque el sistema político guatemalteco está agotado y no da para mucho más que lo que obtuvimos. Las magras reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos no alcanzaron ni para contrarrestar las mañas cotidianas de una clase política mafiosa y dependiente de sus patrones, ni para responder a las demandas de un juego político más limpio y democrático, regido por nuevas y mejores reglas. Si a esto le sumamos las altas cifras de impunidad, un Estado secuestrado y sin un sistema de Servicio Civil que funcione, una ignorancia generalizada, un racismo que despierta con solo rasparnos un poco la piel, y unos indicadores de violencia, salud, educación, seguridad alimentaria e hídrica que nos colocan en los lugares más vergonzosos del planeta, nos veremos forzados a hacernos las obligadas preguntas: ¿Esto será algún día una democracia? ¿El voto, como mecanismo democrático, cambia algo de fondo? o ¿Nos gusta sostener el engaño de esta democracia falseada?

Ninguno de los dos candidatos era una opción para millones de personas, y prueba de ello es que volvió a ganar el abstencionismo. Según el Renap, somos casi 20 millones de habitantes en Guatemala; nuestro padrón electoral es de ocho millones de personas aptas para ejercer el sufragio; solo tres millones y pico votaron. El nuevo presidente ganó con un millón ochocientos cincuenta mil votos. Digan ustedes si podemos hablar de una democracia representativa.

Y detrás de todo este performance electoral, se volvieron a imponer la ignorancia de los analfabetas funcionales y el dogmatismo. “Hay que decirle a los empleados que voten por xxx y llevarlos a votar”, como si los empleados fueran criaturas menores que no tienen derecho a pensar y elegir por sí mismas; “hay que rezar para que Dios ponga en la presidencia al mejor”, como si a Dios le interesara la política criolla y no que amemos al prójimo como a nosotros mismos; ”fraude, hubo fraude”, gritaron luego de la primera vuelta quienes habían apoyado antes los golpes de Estado técnicos dados por James Morales, como si el fraude de fondo no hubiese sido todo el proceso electoral de los últimos meses, completamente inequitativo al momento de dejar participar a unos y a otros no.

Y quizás la manipulación electoral más fuerte y efectiva hacia la sociedad guatemalteca urbana fueron los mensajes alrededor de la posibilidad de volvernos una Nicaragua o una Venezuela. Una vez colocado ese fantasma sobre el proceso electoral, nos olvidamos de nuestra propia realidad y nos colgamos del miedo. Jamás estaré del lado de totalitarismo alguno, pero me es difícil entender cómo seguimos manipulando en la Guatemala de 2019 conceptos de hace dos siglos que no solo ya no nos alcanzan para los tiempos que corren, sino que son insuficientes para resolver nuestras preguntas de hoy. Esto me recordó lo que decía Marie-Louise von Franz: “La división contemporánea de la sociedad entre la ‘derecha’ y la ‘izquierda’ no es sino una disociación neurótica que refleja en el escenario mundial lo que está sucediendo dentro del hombre moderno: la división de sí mismo que causa la sombra, que no es otra cosa sino lo inaceptable de la propia consciencia que se proyecta en el oponente…”. Tenemos a Guatemala en el horizonte y no haremos sino actuar para que sea un mejor lugar, pero por ahora, mi capitán, parte sin novedad.