Ventana

Con las barbas en la mano

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

La Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua) se llevará a cabo del 12 al 22 de julio. Celebro hoy este evento cultural desde la insólita sabiduría de la cultura maya antigua, que es una raíz profunda en el corazón de Guatemala. Entre los logros sobresalientes de su civilización está su sistema de escritura jeroglífica. Gracias a ella, conocemos su historia inscrita en los altares, estelas, murales, piezas de cerámica, como también en sus textos pintados en forma de códices. Celebro que el invitado de honor en esta XV edición sea Francia. Tenemos una estrecha relación intelectual, especialmente por su interés en la cultura maya. Viene a mi mente el abate Charles Etienne Brasseur de Bourbourg, quien a finales de la década de 1860 tradujo al francés el Popol Wuj: “Le libre sacré de l’antiquité americaine” (El libro de los mitos sagrados de los antiguos americanos). Se cree que este manuscrito fue escrito en idioma k’iche’, con ayuda del alfabeto castellano, por un indígena que había sido cristianizado. En 1925, en París, salió a luz otra traducción al francés del Popol Wuj, la de Georges Raynaud, quien fue catedrático de Miguel Ángel Asturias. Esta edición es importante, porque Asturias y J. M. González de Mendoza tradujeron esa edición de Raynaud al español, y fue la que empezó a circular en Guatemala a través del Ministerio de Educación.

Leer los mitos del Popol Wuj es un reto. Son portadores de lecciones de vida que desafían nuestra mentalidad occidental. Su visión del mundo es otra. Sus historias están encriptadas. Poseen varios niveles de comprensión. Así como encanta a los niños, cautiva a los estudiosos de distintas disciplinas. Ojalá nuestras jóvenes generaciones disfruten leyéndolas. Sus mitos inspiraron a la gente desde tiempos muy tempranos en las ciudades mayas. Un claro ejemplo es el friso con las figuras de los héroes gemelos Hunahpú e Ixbalanqué, descubierto por Richard Hansen, en el sitio arqueológico El Mirador en el año 2009. El arqueólogo Francisco Estrada Belli me dijo una vez que el Popol Wuj es como una luz que ilumina lo complejo del mundo maya antiguo.

El mito de Ixquic siempre me intrigó. Versa sobre la hija de uno de los señores del inframundo que habían derrotado a los primeros gemelos, Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú. La cabeza de Hun Hunahpú fue colocada en un árbol de morro. Ixquic llega a ver el árbol y la calavera le lanza un chisguete de saliva en la palma de su mano y la deja embarazada de los héroes gemelos Hunahpú e Ixbalanqué. Ixquic busca la casa de su suegra, Ixmucané, para presentarse como su nuera porque en su vientre llevaba a sus nietos, pero la abuela la rechaza. La joven insiste hasta que la abuela la acepta, pero la pone a prueba. La manda al campo a cosechar una red de maíz. Al llegar a la milpa, Ixquic vio que había solo una mata de maíz con su espiga. Con desesperación invocó a los dioses de la comida para que la ayudaran, y decide arrancar las barbas, los pelos rojos, de la mazorca para colocarlos dentro de la red. Y, ¡zas!, ocurrió el milagro. La red se llenó de mazorcas. Regresa con la abuela y esta se sorprendió al ver la red llena. Convencida la abuela le dijo: “Ixquic, esa bolsa de maíz es la prueba de que eres verdaderamente mi nuera y tus hijos serán sabios”. Una de las muchas reflexiones que este mito me provoca es que la vida, como la abuela, nos pone prueba a todos. “¿Cómo hacemos para encontrar dónde están las barbas del maíz en aquellos momentos en que nos encontramos entre la vida y la muerte?”, preguntó el Clarinero.