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¿Cree usted en la vida eterna?

Brenda Sanchinelli imagen_es_percepcion@yahoo.com

Decía el escritor estadounidense Henry Van Dyke. “El día de tu muerte sucederá, que lo que tú posees en este mundo pasará a manos de otra persona. Pero lo que tú eres será tuyo para siempre”.

Como parte del sincretismo religioso se originó en nuestro país la tradición del Día de Muertos, que se conmemora cada 1 de noviembre. El paso de la vida a la muerte es un momento simbólico que siempre ha generado en el individuo misterio, temor e inquietud.

No es fácil asimilar la muerte de nuestros seres queridos y mucho menos la de nosotros mismos. Pensamos que nuestro paso por este mundo será eterno, pero esa sensación es muy diferente a la realidad, ya que un día todos moriremos.

Por lo que cada persona tiene la obligación de prepararse para su futuro eterno, más allá de una religión debemos estar conscientes de que hay vida más allá de la muerte. Y la manera como cada persona vive en este mundo determina su destino eterno. Y esto lo digo sin entrar en polémicas religiosas y respetando las creencias de cada quien.

Por ello surge la necesidad de establecer una cosmovisión de la razón de la existencia del ser humano en este mundo. ¿Se ha cuestionado usted cuál es su propósito de vivir? En esa búsqueda espiritual hay personas creyentes, fanáticos religiosos, agnósticos y ateos. Cada quien tiene sus ideas y creencias, posiblemente formadas desde la infancia.

Habrá quienes se aferren a una religión para encontrar una verdad, otros idolatran y ponen su fe en un pastor o sacerdote, que son también humanos y pueden equivocarse. Los ateos le apuestan mejor a vivir el momento, sin pensar que existe un ser supremo, que el mundo jamás se acabará y que no hay que ser ignorantes. Lo malo es que si llegan a equivocarse y Dios sí existía tendrán que pagar un alto costo en la eternidad.

Nuestro paso por la vida no es un camino fácil de recorrer; por el contrario, es una senda compleja que trae diferentes obstáculos y retos que debemos vencer.

Vivir es una experiencia que requiere coraje, aprendizaje, inteligencia, sentido común y sabiduría. Para alcanzar, en alguna etapa de nuestra vida, cierta madurez para buscar la verdad eterna. De lo contrario simplemente pasaríamos por este mundo inadvertidos, sin dejar una huella en la humanidad.

La vida se pasa rápido y vivir una existencia justa es lo que, sin importar religión o credo, deberíamos practicar, para prepararnos para esa vida eterna que un día llegará. Amar a Dios y al prójimo, como si hoy fuera el último día de nuestra vida terrenal.

Debemos disfrutar y aprovechar la oportunidad de crecer cada día como seres humanos y ser capaces de incidir en la vida de otras personas positivamente.

En todas las etapas de nuestra vida vale la pena vivir cada día como si fuese el último, pensando que tal vez mañana no habrá otra oportunidad. Seamos felices hoy y hagamos lo bueno ahora.

Por eso, hablando un poco de la tradición de llevar flores al panteón de nuestros familiares y amigos que ya han fallecido, es mejor que cuando estén vivos seamos buenos y justos con ellos, demostrando nuestros sentimientos.

Las flores es mejor darlas en vida; además, el amor se demuestra con obras, más que con lágrimas el día del entierro, para que cuando nuestros seres queridos partan a ese viaje sin retorno nuestro corazón se quede lleno de satisfacción por haber demostrado nuestros sentimientos y bondad a quienes amamos.

De igual forma, al morir, por más riquezas que se tengan no pueden llevarse consigo. Por más tierras que tengamos seremos sepultados en un espacio muy pequeño. Por ello debemos ser humildes, aceptando que al morir nos llevaremos solo lo que somos y no lo que tenemos.

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