Con otra mirada

Crónica de una muerte anunciada

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

Tomo prestado el título de la séptima novela de Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, para ejemplificar la sucesión de tragedias que en nuestro país dejan los fenómenos naturales, cualquiera que sea su origen, de los que nadie parece aprender lección alguna.

Como se sabe, el segundo asentamiento de la ciudad Santiago de Guatemala tuvo lugar en el Valle de Almolonga, en 1527. El sitio es hoy San Miguel Escobar, no Ciudad Vieja, en la falda noreste del volcán Hunahpú. La noche del 10 de septiembre de 1541, luego de intensas lluvias, bajó del volcán un aluvión arrastrando consigo tierra, árboles y piedras que sepultó la incipiente ciudad. Perdió la vida, entre otros tantos, Beatriz de la Cueva, esposa de Pedro de Alvarado, quien recientemente había sido nombrada gobernadora después de conocerse la muerte accidental de su esposo. A partir de eso, el volcán fue conocido como de Agua. La ciudad fue trasladada a su actual sitio en el Valle de Panchoy, llamada Antigua Guatemala luego de su destrucción en 1773 y nuevo traslado.

Con la tormenta tropical Agatha, del 29 de mayo del 2010, dos días después de la erupción del Volcán de Pacaya que cubrió de arena parte de Sacatepéquez, las mismas quebradas del Agua arrastraron los mismos materiales, ocasionando los mismos daños, en el mismo lugar. Los vecinos se organizaron, limpiaron, reconstruyeron y la vida continuó.

El Volcán de Fuego, el más activo de la cadena de 27 que en nuestro país forman el cinturón de fuego, constituye sin duda alguna uno de los íconos naturales de nuestro paisaje. Integra esa demoledora formación, que junto a las placas tectónicas Cocos, Continental y Caribe, sumada a las fallas geológicas internas, hacen de nuestro territorio uno de los más vulnerables del planeta.

En las erupciones del domingo pasado (3 de junio 2018) predominaron los flujos piroclásticos (gases tóxicos, piedras y materia volcánica que se desplaza a ras del suelo) que bajaron por las quebradas existentes. A lo largo de estas y sus inmediaciones, por alguna inexplicable razón, se han asentado comunidades enteras y centros de recreación, cuyo destino, como en la Crónica de una muerte anunciada, era predecible; la catástrofe solo era cuestión de tiempo.

Viendo las panorámicas que ilustran la extensión de la quebrada, el área dañada y la amplitud del territorio a su derredor, es difícil entender por qué las tierras ociosas o dedicadas al cultivo ocupan mejores posiciones que los centros urbanos… una de las grandes contradicciones sociales expuesta en La Patria del Criollo, otra gran obra de la literatura, en este caso nacional, de Severo Martínez Peláez, de 1970.

La falta de planificación del territorio salta a la vista. Los volcanes deberían ser parques nacionales, planificarlos en función de su magnificencia, potencial turístico y el riego que representan para las poblaciones circundantes. Así podrían evitarse casos como el ocurrido en San Pedro las Huertas, en donde la mencionada tormenta Ágatha transportó piedras del tamaño de un automóvil por una quebrada del Volcán de Agua, en donde años más tarde, ante la ausencia de planes urbanos, de vivienda o de cualquier tipo, algunos vecinos decidieron construir sus casas. La necesidad requirió licencia municipal. Las autoridades, lejos de hacer prevalecer la sensatez y haciendo alarde de irracionalidad optaron por autorizar lo solicitado, haciéndoles firmar un documento exonerando al Concejo Municipal de toda responsabilidad futura por daños provocados por la naturaleza.

Autoridades así no pueden quedar exentas de responsabilidad, pues ante un futuro desastre, cualquiera que sea su magnitud, los resultados siempre serán nefastos.