Desigualdad ¿un mito?

que vive de la autosubsistencia, se presentan grandes asimetrías estructurales en el país.

El liberalismo económico justifica las desigualdades como las diferencias sociales en las que los mercados posicionan a los individuos según su dotación de capacidades y recursos. He aquí un debate interesante, pues si se parte de la premisa en que los individuos nacen con diferentes dotaciones y privilegios adquiridos por la historia —desde la Colonia—, el contexto social, por estados capturados, mercados concentrados, herencias y otros factores externos a las capacidades intrínsecas de cada persona, entonces las asimetrías pueden, y deben, por injustas, ser minimizadas. El mercado no lo hará. En un modelo “químicamente puro” de mercado, esta visión daría a cada quien justamente lo que merece, y las desigualdades reflejarían una especie de darwinismo social. Que eso sea deseable o indeseable es otro tema.

Por otro lado, el país que el articulista usa como referente, Chile, ha acelerado su crecimiento económico e inversión, pero no ha podido insertar a más de un tercio de su fuerza laboral urbana a la formalidad. Chile, a pesar de sus reformas estructurales, tiene una carga tributaria de 19% —mayor a la de Guatemala—. Un 18% de sus ingresos estatales provienen de la corporación Codelco, la mayor minera de cobre del mundo, propiedad del Estado, por lo que las condiciones no son comparables con Guatemala en cuanto a la capacidad de prestación de servicios públicos que implican mejoras en los índices de desarrollo humano al crecer. Esto no quiere decir que el crecimiento del PIB sea irrelevante. Aunque el crecimiento es necesario, no es suficiente para garantizar mejores niveles de bienestar humano. En EUA, por ejemplo, el incremento salarial ha crecido a tasas más bajas que la productividad laboral. Así las cosas, un PIB que crece aceleradamente no necesariamente se derrama en la población. El crecimiento debe ser visto como un medio para el desarrollo humano y no como un fin en sí.

Existen argumentos robustos para discutir sobre la desigualdad y temas conexos. Evadir la discusión minimizando el tema sugiere un potencial temor a abordar tan fundamental problema. No es de extrañar que salga ahora el cartel libertario a simplificar el debate con sus características descalificaciones y argumentos ideológicos basados en un mercado de competencia pura —existente solo en la teoría—. Necesitamos debatir, no descalificar.

El tema es una verdad inconveniente para quienes ven amenazado su status de poder concentrado, por lo que abordarlo seriamente es relevante e indispensable.

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