La buena noticia

Diplomáticos apañando corruptos

En la vida nacional vemos desfilar, con admiración, amplios sectores y genuinos líderes que están apostándole a un país distinto y ubicándose del lado del pueblo, dándole esperanza en sus luchas y animándole para el logro de sus legítimas demandas. También vemos, con indignación, minúsculos sectores privilegiados que defienden los intereses “del César”, entre ellos algunos diplomáticos, poniéndose del lado de un Estado podrido y racista, militarista y violento que no ha funcionado; y de una dirigencia política incapaz, sin visión de país y cínica. Ambos carcomidos por la llaga putrefacta de la corrupción.

Mientras tanto, la muerte acecha llevándose niños, jóvenes y ancianos, lo cual significa erradicar la memoria, ahogar el presente y robar el futuro de una nación. En este país la injusticia atropella a los pobres y a las mujeres, a los campesinos e indígenas, despojándolos de su dignidad y de sus tierras. Esto es impulsar la exclusión dejándolos “medio muertos” en las cunetas de los caminos. Aquí, los corruptos y ladrones que nos han gobernado se han enriquecido ilícitamente, han obstaculizado el desarrollo integral de todos y están llevando al borde del colapso el sistema de justicia.

Ante este panorama, algunos diplomáticos “pasan de largo” mostrando su indiferencia y creyendo que la ley y las instituciones de un país son más importantes que su gente. Aquí hace rato que la cacareada institucionalidad perdió legitimidad y el marco legal fue corrompido por elites urbanas económico y políticas que alimentaron un modelo de país donde “emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana”, tal situación “escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados”. (Mensaje de Francisco, I Jornada Mundial de los Pobres, n 5).

Los guatemaltecos no se resignarán y ojalá que los diplomáticos, haciendo honor al Estado y al pueblo que representan, no apañen los poderes oscuros que tienen cooptado el país y que están mostrando los dientes, cual jauría de mastines, desde Mariscal Zavala con sus abogados, desde el presidente de la República con la rosca militarista que lo asesora, desde el Congreso con los 112 diputados infames y las elites empresariales que los ajotan.

Hay que mantener la movilización ciudadana, la protesta pacífica, las alternativas viables, la cercanía y solidaridad con las víctimas del sistema corrupto que se alimenta de la violencia, de la extrema pobreza y de la muerte de tantos inocentes en el país. Dios no quiere la muerte de nadie, ni siquiera la de su Hijo Jesús quiso, de esa manera tan inhumana y salvaje como las que provoca ese “monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente”. (Mercedes Sosa).

No vale la pena sostener un Estado que niega a sus ciudadanos una justicia pronta y cumplida y donde sus autoridades han perdido el sentido del deber. Un diplomático, digno de ser admirado por su conocimiento de la realidad del país y sólida visión ética, dijo que lo que más le “falta a este país es el sentido del deber de los funcionarios públicos”. Mientras otros diplomáticos se dedican a sostener funcionarios sindicados de corruptos, Thomas Carter ha puesto el dedo en la llaga de la “sacrosanta institucionalidad” guatemalteca. Este es un diplomático “de verdad, sin falsedad” (Jn 1, 47), a quien le importa la vida de la gente y es digno representante de una diplomacia al servicio de los pueblos para que alcancen la paz y el desarrollo integral; de una diplomacia que se inspira en los valores de la gente y sus culturas, que los engrandece, y no en las mañas de sus autoridades corruptas, que los empobrece.

pvictorr@hotmail.com