Opinión

Ventana

Escuela de esculturas monumentales

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

Guatemala es un pequeño universo que vale la pena recorrer. Uno de sus mundos mágicos es el Lago de Atitlán. Su diáfana luz es rax, verdeazul, en idioma maya. Las montañas y volcanes que lo rodean se reflejan en su espejo de agua y se funden con el celeste-azul del cielo. Es por eso que los antiguos habitantes de las comunidades de origen tzutujil y kakchikel, asentadas en sus orillas, consideraban este lago como una entidad viva y sagrada. Le llamaban ri muxux caj uleu, el ombligo entre el cielo y la tierra. Su magia abraza el espíritu del visitante, le imprime una paz profunda. Por eso elegí celebrar el año nuevo allí.

David Ordóñez Lacayo, amigo y respetado maestro, me invitó a conocer la Escuela-Taller de Esculturas en Piedra, en Sta. Catarina Palopó. Este taller fue creado con el propósito de despertar en los jóvenes el potencial latente heredado de sus ancestros mayas de esculpir la piedra. El taller tiene un paisaje idílico, enmarcado por tres colosos, los volcanes de Atitlán, Tolimán y San Pedro. David colabora guiando a los estudiantes durante el exigente proceso de tallar la piedra. La escultura monumental es el formato que prefieren. Conversé con Pedro Canivell Arzú, quien tuvo la noble iniciativa de crear esta escuela-taller, única en su género en Guatemala. “En la tormenta que prosiguió al Ágatha 2010”, me dijo, “nos quedamos encerrados por los derrumbes alrededor. Yo ya conocía las virtudes del material que había salido de las montañas y con los muchachos fuimos a recoger las piedras que pudimos. Cuando sucedió esta tormenta coincidió que yo estaba haciendo una fuente de mármol en mi casa, en el lago. Se me ocurrió pedirles a quienes instalaban el mármol que les enseñaran la técnica a los jardineros para poner las primeras piedras pulidas en el jardín de la casa. Luego llegó el maestro Élmar René Rojas. Al mostrarle el material y las primeras piedras pulidas decidimos hacer esculturas. Las primeras esculturas las sacamos en el año 2011. El Andasolo, esa escultura monumental del maestro Élmar René Rojas, colocada en la Avenida de La Reforma, fue trabajada íntegramente en el taller. Tenemos dos tipos de alumnos. Los que ya son artistas y quieren aprender las técnicas de trabajo con agua para piedra dura y los que provienen de las comunidades cercanas porque poseen una cualidad innata para esculpir, para encontrar proporciones y colores. Actualmente tenemos nueve estudiantes. El trabajo es extremadamente caro porque todo el proceso se realiza con diamante y la maquinaria no está diseñada para aguantar una carga muy pesada. Los estudiantes deben demostrar su potencial y dedicación para invertir en su aprendizaje”. Entre las esculturas que están trabajando los jóvenes admiré una muy especial de David Ordóñez. Es la figura de una madre abrazando a su pequeño hijo, fundiéndose con él como un solo ser. Un gran agujero atraviesa la figura materna. ¿Por qué ese agujero, David? Él respondió: “Cuando uno entrega todo, da tanto, tanto, que se queda vacío”. Al observar las esculturas nuestro monólogo interno se calla. Ellas nos desafían a ver el mundo de afuera hacia adentro. Esta manera de ver la realidad es la que necesitamos ahora más que nunca en Guatemala. Ver al otro. Ver más allá de nosotros mismos para descubrir lo que nos une. Ser flexible como el escultor que descubre colores y contornos inesperados que la piedra le va ofreciendo. Es como el universo que se va desenvolviendo espontáneamente y nosotros vamos con él. Somos parte de ese misterio. El maya milenario lo vio así, con una distinta luz. Y ese antiguo sentimiento quiere renacer, pensé, lo percibí al recorrer la escuela-taller. “Por eso la Tierra hay que verla desde Orión”, sonrió el Clarinero.

Si viajan a Santa Catarina Palopó para conocer esa escuela-taller tan especial, recomiendo que se hospeden en las Villas de Santa Catarina. Es un lugar que nos hace sentirnos como en casa.