Con otra mirada

Hacer estorbo y otras malas costumbres

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

De nuestra propensión a hacer estorbo, tema abordado la semana pasada, hubo reacciones que me llevan a comentar otras características que suelen salir a luz, particularmente en áreas urbanas, en donde el espacio lo determinan las calles, la arquitectura y los espacios libres diseñados a partir de 1524, cuando se fundó la primera ciudad hispana, en las que se creó la trama urbana ortogonal, característica del período renacentista que se impuso a lo largo y ancho del Nuevo Mundo, que para entonces aún no se llamó América.

Entre las cualidades de ese diseño está que su crecimiento puede ser infinito, limitado únicamente por los accidentes geográficos y la topografía. A mediados del siglo XX la población creció, por lo que hubo más viviendas y edificios, y aumentó el número de autos y de vehículos de carga. Las calles siguieron siendo las mismas y los pocos ensanches urbanos rápidamente quedaron obsoletos. Empezaron a ser notorios los atascos viales, aumentó el tiempo de movilización y los usuarios empezaron a perder la paciencia, el buen humor y las buenas costumbres.

A esa torpe manera de manejar las ciudades, en principio atribuible a incapacidad administrativa, característica común en la casi totalidad de municipios en que se divide y estructura la administración del territorio guatemalteco, hemos de incluir a la administración pública, sin dejar fuera la Educación, como asiento de la riqueza de la nación.

Sin duda uno de los comentarios más valiosos recibidos a mi artículo Nuestra innata capacidad de hacer estorbo fue que tanto la sensibilidad, cortesía y sentido común son asuntos de enseñanza escolar, que evidentemente refuerzan las buenas costumbres inculcadas en casa. Quienes opinaron comparten ese criterio, quedando claro que se trata de personas que tuvieron acceso a una educación con esos parámetros, por lo que hoy se sienten marginadas ante la vorágine del abuso en el ámbito de la conducción vehicular, sea en las ciudades como en las carreteras, y la descortesía en la calle, edificios públicos o elevadores.

Eso que ahora calificaríamos como crisis de valores tiene origen en años de desatención a los programas educativos, en cuyo ámbito prevalen líderes cuya pobre capacitación impide formar ética y formalmente a las nuevas generaciones, toda vez que sus intereses están enfocados en asuntos ajenos a la misión docente. Eso me lleva a Ítalo Calvino, quien en 1974 expuso: “Un país que destruye la Escuela Pública no lo hace nunca por dinero, porque falten recursos o su costo sea excesivo. Un país que desmonta la Educación, las Artes o las Culturas, está ya gobernado por aquellos que solo tienen algo que perder con la difusión del Saber.”

Breve y concisa definición que complemento con la transcripción de una entrevista que me llegó por la vía del WhatsApp, a un autor que no pude identificar, cuyo contenido aprovecho: “Un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo. Un país es rico porque tiene educación. Educación significa que aunque puedas robar, no robas. Educación significa que tú vas pasando por la calle, la acera es estrecha y tú te bajas y dices disculpe. Educación es que aunque vas a pagar la factura de una tienda o de un restaurante, dices gracias cuando te la traen, das propina, y cuando te devuelven lo último que te devuelvan, vuelves a decir gracias. Cuando un pueblo tiene eso, cuando un pueblo tiene educación, un pueblo es rico. O sea, en definitiva, la riqueza es conocimiento, y sobre todo un conocimiento que le permite el respeto ilimitado por los demás.

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