con otra mirada

Homenaje a Luis Díaz

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

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José María Magaña Juárez
José María Magaña Juárez

Conocí a Luis Díaz el entrar a trabajar como dibujante a la oficina Holzheu & Holzheu Arquitectos, en 1969, para colaborar con planos de conjunto del edificio de la Biblioteca Central de la Usac, girado 45° sobre el eje transversal de aquel otro bello ejemplar de la arquitectura moderna de Guatemala, la Rectoría, al que se opone y complementa.

Esa oficina era de las más prolíferas en diseño y construcción, dirigida por Max Holzheu y su padre, don Antonio, el gran constructor. Por entonces se incorporaba el ingeniero Jorge Hernández, quien se asoció, creándose H y H, de cuyas siglas Luis creó su emblemático logotipo. Integraban el equipo profesional dos jóvenes recién graduados, Augusto de León Fajardo y Mario Novella Ceci, quienes colaboraron desde tiempo atrás en el diseño de las más importantes plantas farmacéuticas: Hoechst, Upjohn y Abbott, con sus simbólicos edificios administrativos, de gran identidad y carácter. Luis era asesor en artes plásticas y aportaba su obra mural de gran escala a la arquitectura.

Para ubicarnos en el contexto social y político de la época, recordemos que en el temprano 1960 empezó la guerra interna, que duraría 36 años. Los intelectuales la entendieron y expresaron de diferentes maneras, desde la literatura, la música, el teatro y las artes plásticas. Ante los graves hechos que se vivían y la violencia de Estado impuesta, surgieron la Galería DS (Díaz-Schafer) y el Grupo Vértebra, con su impresionante y actual Manifiesto.

El movimiento hippie estaba en auge, lo que provocó que se dieran los happening, convocatorias para la espontaneidad artística, lo mismo que los streaking: en un lugar público, sin aviso, alguien se desnudaba, salía corriendo para luego desaparecer, dejando desconcertados y atónitos a los transeúntes. Es decir, manifestaciones de rechazo e inconformidad ante lo establecido.

Las artes plásticas rompieron con el clasicismo. Se buscaron otros materiales y se recurrió a objetos de deshecho, poniéndolos en valor. Fue una manera de protestar a un alto nivel cultural e intelectual en contra del statu quo. Sin duda, una de sus máximas expresiones está contenida en el mural de Efraín Recinos, en la escalinata de la Biblioteca Nacional.

Luis Díaz experimentó con materiales, formas y puntos de vista. Su vínculo con los más prolíferos arquitectos y constructores lo puso en contacto con importantes obras desde la etapa de diseño hasta su construcción, aportando soluciones espaciales e incorporando elementos arquitectónicos y plásticos que las enriquecieron. Su obra plástica es inmensamente rica y variada, situándose, junto a otros colegas suyos, como vanguardistas del arte conceptual y lo que ahora se entiende como arte latinoamericano, cuya connotación difiere de su contexto inicial de arte moderno y contemporáneo.

De ahí la importancia de la iniciativa de la exministra Ana María Rodas, quien en su efímero paso por Cultura y Deportes propició que se le otorgara la Orden del Quetzal en Grado de Gran Cruz. Aparte del merecido homenaje que conlleva, implica un claro reconocimiento a las artes plásticas, y con eso, a sus maestros, contemporáneos y jóvenes artistas, quienes con su creatividad y obra enaltecen al país.

jmmaganajuarez@gmail.com