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La creación, fundamento de la moral

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

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Los cristianos recibimos la Biblia como Palabra de Dios.  Sus variados textos son normativos para la fe y la moral, inspiran la oración, transmiten sabiduría.  Pero esa indudable calidad teológica y moral de la Escritura se oscurece no pocas veces por relatos, normas y reflexiones que desconciertan, porque van contra el sentido común y los principios morales.  Sobre todo cuando los relatos nos remiten a tiempos muy antiguos, nos encontramos con pasajes que nos dejan perplejos.

Uno de ellos es la narración del sacrificio de Isaac. El libro del Génesis cuenta que en cierta ocasión, Dios puso a prueba la fe y la fidelidad del patriarca Abraham, y le ordenó que le sacrificara, como acto de culto, a su propio hijo Isaac. Este era el hijo heredero de las promesas de Dios al patriarca. La narración nos presenta a Isaac como un muchacho adolescente, consciente de lo que ocurre. El lector se pregunta: ¿Cómo es posible que Dios ordenara a alguien realizar un sacrificio humano y además del propio hijo? En otros lugares de la Biblia, Dios condena como abominable el sacrificio del hijo primogénito practicado por pueblos del entorno de Israel, ¿cómo es que ahora sea el mismo Dios quien ordena nada menos que al patriarca Abraham que lo realice? Sabemos que en el último momento, Dios intervino e impidió la ejecución del sacrificio, y comprobó la fidelidad y obediencia de Abraham, dispuesto a sacrificar hasta a su hijo único, pues Dios se lo ordenaba.

Pero a los lectores nos queda un malestar. ¿Puede Dios ordenar la comisión de un delito? ¿Puede un acto abominable hacerse bueno, porque Dios ordena que se realice? ¿Son los principios morales rectos porque Dios los prescribe o Dios prescribe tales o cuales principios morales porque ya son buenos? El hecho de que Dios mande o prohíba tal o cual acción no la hace buena o mala. La bondad o maldad de la acción no proviene del mandato o prohibición de Dios. ¿De dónde entonces? De la naturaleza de las cosas. Las cosas de este mundo, el ser humano y su naturaleza fueron creadas por Dios, tienen una estructura y finalidad propia que la ciencia y la razón humana son capaces de discernir. Dios mismo se atiene a su propia creación para determinar lo que manda o prohíbe como ley moral. Por eso también, en teología moral católica, no recurrimos solo a la Biblia para saber si una acción es buena o mala, sino que también recurrimos a ese otro libro de Dios, que es el orden y estructura inscrito por el Creador en el mismo ser humano y en las cosas del mundo, para deducir desde allí los principios morales que juzgan nuestras acciones. Es así como se determina la moralidad de conductas y actos para los que no hay prescripciones directas en la Biblia. Es así también como somos capaces de evaluar algunas normas y relatos en la misma Biblia y comprobar que responden a una percepción y comprensión todavía deficiente de la naturaleza de las cosas. Los textos bíblicos, procedentes de muy diversas épocas, están condicionados por las circunstancias históricas de su redacción. La inspiración que hace de la Biblia Palabra de Dios está sujeta a condicionamientos históricos.

El lector de hoy se sentiría más satisfecho, si Abraham le hubiera plantado cara a Dios para decirle que mejor pensara otra vez lo que le estaba ordenando, pues eso iba contra su propia disposición de que toda vida humana debe ser respetada. Otros personajes bíblicos en otras circunstancias también confrontaron a Dios. Pero el relato, como nos ha llegado, también nos instruye, por el malestar que nos causa. Para que en cuestiones de moral, además de la Biblia, usemos también la razón para leer el libro de Dios de la creación

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