Con otra mirada

La indefinida identidad cultural del guatemalteco

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

Se entiende por identidad aquellos rasgos propios, tanto de un individuo como de un pueblo, que le distinguen de los demás. Es también la imagen que cada uno de nosotros tiene de sí mismo, lo que nos hace diferentes. Esos rasgos pueden ser de origen racial, por lo que son innatos, así como de otra índole, que son hereditarios. En cualquier caso, el entorno social, económico y natural ejercen un gran influjo, dándoles validez.

Por identidad cultural entendemos el conjunto de valores, lengua, tradiciones, creencias, símbolos y manera de comportarse de una persona o grupo social, que dentro de su ámbito cultural ofrecen sentimiento de pertenencia, permitiéndoles compartir intereses, códigos y rituales. Son las peculiaridades de una cultura o conglomerado social que permiten a sus individuos identificarse como miembros del grupo, diferenciándose de otros. Ese conjunto de particularidades constituye su patrimonio y, por lo tanto, la herencia cultural de la colectividad. En otras palabras, es la identidad cultural de los pueblos.

Partiendo de esas definiciones básicas, pareciera fácil identificar, grosso modo, a tantos pueblos, culturas e individuos de los que tenemos noticia, sea porque les hemos visitado, les hemos visto a través de los medios, nos visitan como turistas o porque sencillamente compartimos territorio con ellos; tal nuestro caso como guatemaltecos.

Guatemala, pequeño país del istmo centroamericano con una extensión territorial actual de apenas 108,889 km2, fue cuna de fecundas civilizaciones. Forma parte de la región cultural denominada Mesoamérica, que abarca desde México hasta Costa Rica, en donde sus vestigios físicos están diseminados por todas partes. Pero más importante y rico aún son las diferentes culturas precolombinas existentes, junto a 27 idiomas vigentes, que nos hacen un país excepcional.

En la ciudad de Iximché, asiento de la cultura cakchiquel, fue donde en 1524 se fundó la ciudad española Santiago de Guatemala, cuyo tercer asentamiento en el Valle de Panchoy conocemos como La Antigua Guatemala, en tanto que aquel primero hoy se llama Tecpán Guatemala.

Ante eso está claro que Guatemala cuenta con una inconmensurable fuente de identidad nacional, producto de esas características y atributos, país en donde la riqueza precolombina se fusionó con la cultura hispana, dando lugar al mestizaje del que provenimos la mayoría, y que en los siglos XIX y XX se enriqueció con las migraciones de otras partes del mundo, holandeses, alemanes, italianos, judíos, libaneses, chinos y norteamericanos, entre otros. Eso nos hace un país multiétnico, pluricultural y multilingüe. Es decir, un crisol cultural de la historia de la humanidad, característico de los flujos migratorios por el planeta entero, que lo hace lo que hoy día es, la aldea global.

Nuestra realidad es otra. La clase dominante, haciendo gala de su notorio y evidente complejo de superioridad, ha visto de menos, ha marginado y a veces hasta ha tratado de aniquilar aquellos pueblos originarios, fuente de identidad cultural.

Sin embargo, se da el fenómeno de su gusto y hasta orgullosa admiración de ciertos valores, costumbres, tradiciones, ritos, urbanismo y arquitectura monumentales que llega a explotar como imagen de país, sin dignificar a la persona que los crea. Se trata de una actitud difícil de entender y dificulta, si no es que imposibilita, llegar a crear una identidad nacional… asunto de carácter ético, moral y educativo, en síntesis, cultural, que para nuestra desgracia quienes tradicionalmente han detentado y detentan el poder desconocen de manera total y absoluta.

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