Aleph

La prisión colonial se derrumba

Carolina Escobar

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Cuando el juicio por genocidio llegó a su punto más álgido en el 2013, el tema ya no solo se debatía en los medios de comunicación. Meses antes de aquella memorable portada de Prensa Libre el 11 de mayo del mismo año, en la cual Ríos Montt aparecía siendo conducido por policías a la cárcel, luego de la sentencia de 80 años por genocidio, habíamos comenzado a escuchar y hablar sobre el tema en tiendas de barrio, reuniones familiares, universidades, espacios públicos y privados.

Para mí, aquel fue el inicio de nuestra voz recuperada y renacida, que luego, en el memorable abril del 2015 y en agosto del 2017, volveríamos a saborear. Desde este sentido de proceso que alivia la sensación de que en Guatemala nada cambia, yo sí creo que Guatemala se ha movido hacia un lugar que aún no logro vislumbrar, pero distinto al del anquilosado Estado corrupto (y fallido para tantos pero posible y lucrativo para algunos pocos), que por tanto tiempo hemos vivido. Las mujeres de Sepur Zarco hablándole a la justicia fueron, para mí, evidencias vivas de ese movimiento que quiere romper un orden racista, clasista y machista, así como las y los estudiantes de distintas universidades que hoy recuperan espacios, voces, y los derechos negados a organizarse y pensar por sí mismos. El pensamiento binario se resquebraja, dándole paso a algo que aún no tiene nombre ni forma, pero que parece ir tras valores más democráticos y humanos. Imagino que por ello atravesamos un momento tan difícil y oscuro.

Nadie es inocente; todos somos seres de luz y sombra que, en condiciones específicas, podríamos cometer los actos más terribles o los más sublimes. Depende del contexto. Pero hay que reconocer la responsabilidad de las elites políticas, académicas, económicas, y sociales, en la construcción de este estado de cosas y en el sostenimiento de un orden perverso que nos llevó a ser la Guatemala de hoy: uno de los países más desiguales y violentos del mundo. Uno en donde se queman 56 adolescentes en un hogar de protección del Estado sobre el cual pesaban, desde antes, serias denuncias; uno donde se ordena prisión a quienes defienden los territorios y donde los narcos escapan con órdenes de juzgado; donde los partidos políticos son corporaciones financieras para sostener la corrupción y la traición; donde las niñas y niños aún mueren de hambre. Uno donde ser empresario se volvió sinónimo de explotador y donde los explotados aprendieron de memoria su condición de víctimas. Uno donde ley no significa siempre justicia.

Por ello, la lógica de todo este orden hay que escarbarla más abajo. En las ideas que lo definen, en el modelo económico que lo sostienen, en las teorías que no se traducen en práctica, en los imaginarios sociales de una Guatemala aparentemente próspera que no se atreve a cambiar. Y es que aquí se puede vivir en una burbuja toda la vida. No es una cuestión de ricos y pobres, que se entienda bien, sino de lugares dentro de una sociedad de castas y, por consiguiente, de oportunidades diferenciadas de desarrollo. Vivir en la burbuja se puede en Guatemala, porque los edificios y la ignorancia engañan, porque lo que no vemos no duele, porque la macroestabilidad de la que tanto pavoneamos no se traduce en las vidas de millones que solo trabajan para sobrevivir. Seguimos siendo un país de conectes, mordidas, centros comerciales, marginalidades e injusticias, y esa es la prisión colonial que se está derrumbando.

Nuestros propios mitos se derrumban, mientras los pactantes de la corrupción se niegan a que las cosas cambien. De pronto, el grupo más rancio del empresariado pide perdón públicamente por el financiamiento ilícito a la campaña del FCN. Siendo esta una tradición muy guatemalteca, imagino que sus homólogos de 1980 jamás habrían dado la cara. Así que hacerlo públicamente ha sido correcto, pero no es suficiente ni heróico, porque verdad sin justicia es casa vacía. Y lo que queda frente a esta casa nuestra es el camino que todos y todas queremos recorrer.

cescobarsarti@gmail.com